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Una oscura y fría noche siete amigos alquilaron una casa que estaba tirada de precio por los rumores que corrían sobre ella. En las noches cuando no se oía ni el rumor del viento, una mujer ,blanca como la nieve, con una voz dulce, que simbolizaba la muerte de aquel que la escuchaba, aparecía para llevarse las almas de aquellos que la molestaran en su sueño. A nuestros chicos parecía que esa leyenda les gustaba incluso les excitaba. De camino a la casa estuvieron hablando de la leyenda. Cassandra y Selena estaban asustadas, mientras que Dante ,Rodrigo ,Cintia, Alejandro y Carlos estaban deseando ver la casa. Llegaron sobre las 9:00, entraron y la primera impresión fue………¡¡MARAVILLOSA!! Esa fue la reacción de los siete al entrar en ella sobre todo se quedaron alucinados por la inmensa piscina. No tardaron en elegir habitación. Se pusieron a explorar la casa, era tan grande cómo la sensación de que los observaban en todo momento. Tras una hora de exploración encontraron una sala ,en ella había unos cuadros preciosos a la par que aterradores, los observaron Selena se desmayo súbitamente , los demás fueron a ayudarla y la llevaron a su cuarto. Por la noche Dante y Cintia se fueron al bosque a hablar de lo que había sucedido .También estuvieron hablando sobre la leyenda , se preguntaban si seria cierta .Cintia dijo de irse a la casa pero Dante se quedo. Se tumbó en el suelo, de repente se levantó una ráfaga de viento helado, decidió que era hora de volver se levantó y, escucho la voz de una mujer al oído le decía que lamentarían haber perturbado su sueño, cuando de repente, se dio la vuelta y, vio a Selena allí plantada y le preguntó si estaba bien después del desmayo. Selena solo dijo: – eres el primero y faltan seis no le dio tiempo a contestarle cuando le clavo un puñal en el corazón que lo mató al instante. A la mañana siguiente decidieron dar un paseo por el bosque y se preguntaron donde estaba Dante .Volvieron a la casa y se lo encontraron muerto y desangrándose en el hall de la casa. Las puertas se cerraron, las ventanas desaparecieron por arte de magia y se escuchó un ruido ensordecedor que venía de la cocina. Fueron a comprobar que podía ser y, un mensaje con sangre decoraba la pared, decía:- Ninguno saldrá de aquí con vida. Cintia se asustó tanto que salió corriendo a abrir la puerta, Rodrigo, intentó tranquilizarla diciéndole que todo saldría bien pero, a Selena le cambió la cara rápidamente, se le puso Blanca como la nieve y dijo susurrando con fuerza : – No estés tan seguro. Cogió a Rodrigo del cuello y, suavemente, le arranco la cabeza. La sangre les salpicó a todos y corrieron como locos hacia el piso de arriba y se escuchó en tono colérico:-Os mataré aunque huyáis, ¡¡¡¡no os servirá de nada!!!. se dividieron en dos grupos. Cassandra y Carlos por un lado, y Alejandro y Cintia por otro. Mientras corrían Cassandra y Carlos, se preguntaban ,al igual que Alejandro y Cintia, como le había sucedido eso a Selena, entonces Carlos y Cassandra entraron a esconderse en un cuarto y desde el otro lado de la puerta se escuchaban pasos, los dos se quedaron en silencio hasta dejaron de oírse, pero, Cassandra dio un paso en falso y de repente Selena, poseída por el espíritu, apareció tras de ellos al escuchar el ínfimo ruido del paso de Cassandra, golpeó a Carlos y lo dejó inconsciente y a Cassandra le dijo antes de acabar con ella:-Eres la tercera solo quedan cuatro, y la atravesó con la mano y se quedó con su latiente corazón . Alejandro y Cintia estuvieron buscando la manera de salir de allí pero no había vía de escape posible. Entraron en un estudio, era del antiguo dueño de la casa, habían papeles sueltos por todos lados buscaron y buscaron pero solo eran facturas y demás hasta que, Alejandro encontró un cajón del escritorio con doble fondo habían varios escritos y uno decía: Ella era buena persona, todo es culpa mía porque tuve que hacer lo que hice, ahora todos pagarán por todo lo que he hecho yo, mi momento de morir se acerca pero no huiré se que me merezco la muerte solo pido que nadie la despierte después de haberse apaciguado…… la nota estaba a medio escribir adornada con la huella de la mano, ensangrentada. Cintia se enfado mucho porque estaban muriendo sus amigos y sin tener culpa de nada, y encima estaba usando a una de ellos para hacerlo, rompió a llorar desconsoladamente mientras decía porque,porque…….Alejandro dijo que lo mejor era que se fueran de ahí. Salieron por la puerta cuando escucharon la voz de Carlos pidiendo ayuda con una voz desgarradora y salieron en su busca . Adivináis adonde conducía, pues a la habitación donde estaban esos cuadros tan terroríficos, solo que esta vez, eran distintos. En ellos estaban las imágenes de sus amigos muertos y algunos vacíos con los nombres de a quien correspondían. Al entrar se cerró la puerta y ahí estaba Carlos colgado de techo y con un mensajito en la barriga:-eres el cuarto y quedan tres. Cuando de repente de entre las sombras apareció Selena, pero, no estaba poseída, estaba pidiendo ayuda, Alejandro no tardó en acercarse pero era una trampa para coger a Cintia a la cuál, estranguló con todas sus fuerzas hasta que dejo de aferrarse a la vida. Los cuadros con sus nombres, al igual que los demás, quedaron grabados .Alejandro no se creía nada de lo que estaba pasando, en menos de 24 horas había perdido a sus amigos, solo le quedaba Selena, que estaba poseída por el espíritu. Con un revoltijo de emociones,rabia,dolor,pena,cólera…..le dijo :-Ni ellos ni yo teníamos la culpa de lo que te pasó ¿Por qué lo has hecho? Enfurecida le gritó:-¡¡No es asunto tuyo!!Le lanzó un cuchillo y le hizo un corte en el brazo y, sin tiempo a recuperarse lo agarro por el cuello y lo tiró contra la pared:- No tienes idea de nada, de todo lo que he sufrido, el me condenó a esto, el me mató, y, ahora los siguientes seréis vosotros y volveré a mi sueño y esta vez eterno. La casa empezó a temblar y derrumbarse, al ver que el fin había llegado decidió intentar huir con Selena ahora que estaba desposeída, corrió con ella a cuestas pero el espíritu lo perseguía, le puso la mano encima y le hizo una quemadura en la espalda, pero siguió corriendo. Llegó a la salida pero estaba bloqueada, El espíritu mientras se reía malévolamente dijo:-!!Fin de trayecto¡¡¡ Cuando de repente, los espíritus de sus amigos aparecieron rodeados por una luz brillante y todos a la vez agarraron al malvado espíritu y lo apartaron de ellos, los mismos amigos, sacaron a los dos únicos supervivientes de la casa y nunca más volvieron ni, se supo más del espíritu y la casa debido a los temblores desapareció hundida en la tierra. ¿Sabéis por que no he dicho el nombre del espíritu? Porque si miras atrás se lo podrás preguntar tu mismo, si no haz la prueba y puede que nunca más vuelvas a postear aquí.

Amroth era un elfo sindar de Rivendel. Desde pequeño tenía dos pasiones, la música y las artes arcanas. Fue instruido por Gallind de Rivendel pero el interés que profesaba Amroth por la magia no estaba acorde a sus habilidades con ella.
Cada vez que daba un paso hacia adelante, daba la sensación de que retrocedía dos. Sin embargo el entusiasmo del elfo no desaparecía, parecía fortalecerse con cada fracaso.
Su mentor perdía la paciencia con facilidad ante los resultados de su pupilo. Tenía talento, el lo sabía, pero de algún modo no era capaz de canalizarlo adecuadamente, como agua escurriéndose entre sus dedos.
Se pasaba horas haciéndolo meditar, logrando que Amroth encontrara un balance entre su mente, su cuerpo y sus emociones. Sencillamente tenía demasiado fuego en su corazón y le faltaba una mente más fría que lo apaciguara.
-Eres como un humano -le recriminaba su mentor cuando estaba al borde de la ira- torpe, imprudente, estúpido e infantil. No te instruiré más!
Las lecciones terminaban con el maestro marchándose y el joven Amroth algo decaído, pero al día siguiente la historia se repetía. El mentor hacia su papel de profesor y Amroth lo imposible por satisfacerlo. Pero cada vez que daba un paso hacia adelante, retrocedía dos…
La hija de su mentor, Nessa, casi siempre asistía a las lecciones. Le observaba de lejos, escondida, y cuando Amroth era amonestado por Gallind, ella lloraba en silencio.
Cuando Amroth no estaba estudiando magia, entonces recorría los alrededores. Le gustaba pasear y encontrar lugares tranquilos donde poder meditar y hallar su equilibrio. Siempre se alejaba más de la cuenta. En su imprudencia no medía que tan lejos era seguro y su llama interior siempre le impulsaba a continuar un poco más allá. Terminó aprendiendo cada palmo de las cercanías de Rivendel y más allá. Cada nueva caminata le llevaba un par de metros más lejos hasta que un día, habiéndose alejado demasiado, se encontró con un explorador herido. Su nombre era Sether y vivía en Bree, pero las vueltas del destino habían hecho que fuese capturado por un grupo de bandidos que se disponían a venderlo como esclavo en las tierras del sur. Hace solo algunos días había logrado escapar aprovechando una gran borrachera que los bandidos habían tenido y sus pies descalzos y ensangrentados le habían llevado hasta donde Amroth le había encontrado inconsciente. Sin dudarlo dos veces le llevo a Rivendel donde fue sanado y sus heridas tratadas. Sether quedó eternamente agradecido y en el breve tiempo en que los elfos le permitieron quedarse desarrollo una gran amistad con Amroth.
Cuando finalmente le llego el tiempo a Sether de irse, este le dio en recordatorio el único objeto de valor que poseía: su anillo de compromiso sin valor, con un grabado que decía “por siempre”. La esposa de él le perdonaría por haberlo perdido de manera semejante.
Una vez que se marcho, Amroth no lo volvió a ver.
Paso el tiempo y sus entrenamientos fallidos continuaron. Amroth era conocido en Rivendel por su terquedad en insistir con la magia cuando para todos era evidente que el Destino no quería que la practicara.
Amroth había despertado muy alegre una mañana ya que después de mucho practicar estaba seguro que ese día conseguiría dominar esa magia destellante en la cual había estado progresando día a día.
Para este propósito se interno en los bosques cercanos a Rivendel. Cuando encontró un claro apropiado comenzó a entonar las palabras procurando que la pronunciación y los movimientos fueran los adecuados. Sentía la energía fluir de su entorno y como empezaba a moldearse y canalizarse en su cuerpo, pero de repente una presencia interrumpió su concentración.
Era Nessa, la hija de su mentor, que le miraba desde las ramas altas de un árbol cercano. Había empezado a entonar una melodía con una voz suave y dulce. Descendió con gracia del árbol, como si sus pies flotaran en el aire, sin hacer ningún ruido al tocar el piso. Amroth la había visto antes, por supuesto, pero algo era diferente. Quizás era el paisaje natural el que la favorecía o las mejillas sonrosadas o sus pies descalzos sobre la hierba llena de rocío mientras se acercaba a él o la encantadora voz con la que cantaba, pero hoy más que ningún otro día ella era hermosa. Le pareció que fuese la elfa más hermosa que hubiese visto jamás.
Ella se mostraba algo tímida pero ansiosa a la vez, como si quisiera decir algo que no lograba salir nunca de sus labios. Quedaron frente a frente, ella le miraba fijamente el rostro, los ojos. Luego desvió la mirada al piso y hubo un momento de un silencio.
- Quiero que ejecutes un hechizo para mí- rompió el silencio al fin- te he estado observando y sé que has progresado mucho. Quizás los demás no lo vean pero yo… desde hace tiempo que lo he sabido… por favor, ejecuta un hechizo para mi…
Amroth quedó perplejo un momento. Se sentía culpable, como si estuviese haciendo algo malo, pero no estaba seguro que. Sólo sabía que su maestro no debía verlos juntos.
- Shhh, no digas esas cosas a viva voz. No aquí…-
- Entonces si me mostraras algo benevolente Amroth?
Amroth pudo sentir como sus mejillas se acaloraban y la sangre se le subía a la cabeza, mientras un calor incomodo empezaba a subir por su cuerpo.
- Sígueme. Conozco un lugar- dijo el elfo, mientras tomaba la mano de la joven doncella sin estar muy seguro de lo que estaba haciendo.
Una vez en el bosque Amroth comienza a concentrarse en el hechizo pirotécnico que sabía. Sentía como la energía que rodeaba y estaba en todas las cosas se empezaba a canalizar en su cuerpo, pero su mente no podía apartar la idea de que los hermosos ojos de la elfa le estuvieran observando con admiración. Su corazón empezó a latir más deprisa y la energía acumulada dio un pequeño brinco en su interior, ya no estaba fluyendo sino que vibraba, cada vez más aprisa y mas violentamente. Sintió que la sensación agradable de calor que producía la energía en su cuerpo se empezaba a volver cada vez más insoportable. Sentía que se inmolaría a sí mismo si continuaba así. La energía finalmente no podía ser contenida más tiempo y empezó a intentar escapar y liberarse, volver a la naturaleza a la que pertenecía, recuperar su esencia, y encontró una vía a través de las manos del joven Amroth. El hizo lo posible por contenerla pero ya era demasiado tarde. Todo el proceso de concentración y canalización no había tomado más que unos momentos, pero ahora la magia fluía furiosa desde los dedos del elfo como rayos incandescentes que consumían todo a su paso.
Lo que vino a continuación para Amroth fue una eternidad. En su desesperado intento por controlar su magia había perdido toda noción de su alrededor y cuando vio la cara de horror  de la elfa al recibir el rayo flamígero, Amroth se sintió desfallecer.
Ella lloraba y gritaba de desesperación mientras las llamas la engullían cual infierno. Amroth cayó de rodillas, derrotado ante su propia magia. Sus músculos estaban acalambrados debido al esfuerzo realizado y apenas podía moverse. Nesse se revolcaba en la hierba de manera desesperada. Amroth quería ponerse de pie, ir en su ayuda, pero su cuerpo no le respondía. Estaba sencillamente entumecido.
La elfa agonizaba. Las quemaduras habían sido demasiado graves y su cuerpo calcinado estaba irreconocible. Había perdido la mayor parte de su piel y la totalidad de su cabello. Los pocos trozos de ropa que estaban sin consumir se habían derretido y fusionado con la carne quemada. Amroth la tomó entre sus brazos y no pudo más que llorar. Al instante estaba rodeado de centinelas que sin titubear tomaron a ambos y los llevaron a Rivendel. Ella había sobrevivido apenas, pero Amroth no la volvió a ver pues Gallind se presentó ante él, Elrond de Rivendel le acompañaba. El Señor de Rivendel expulsó a Amroth.
- Vete a recorrer mundo, chiquillo. Aléjate de Nessa y de los que te rodean pues solo traes desgracia. Debería mandarte a matar por tus actos irresponsables, pero Gallind aquí me ha persuadido para que te perdone la vida. Es un elfo honorable y le debes mucho más que tu vida- sin decir mas, Elrond se retiró furioso.
- Maestro… yo… yo…- balbuceo las palabras el elfo. No se sentía capaz de mirarle a la cara. Su maestro le miró con ojos lagrimosos. Su pena inundó el corazón de Amroth y sintió que lo desgarraba por dentro. No pudo soportarlo más y sin mirar hacia atrás agarró sus cosas y se marchó.
Por un tiempo la vergüenza interna que cargo le obligaron a viajar errante. No practicaba su magia y se pasaba días y noches contemplando el cielo y el firmamento, preguntándose siempre en cómo pudieron haber sido las cosas. Cuando el peso que cargaba en su conciencia pudo ser soportable decidió acudir al único lugar donde podía esperar ser recibido. Habían pasado muchísimos años desde su encuentro son Sether, debía ser un anciano ahora, pero Amroth esperaba en el fondo de su ser encontrar algún fragmento de su pasado con el cual estar en paz, para poder vivir nuevamente su presente y quizás algún día encontrar su futuro…

Era el momento de hacer algo grande y memorable por sí mismo antes de que fuera demasiado tarde. Nathan decidió lanzarse al abismo antes del verano. Había llegado el día de desplegar sus alas y volar hacia lo desconocido. Poner un punto y aparte en su vida para comenzar un nuevo párrafo y deshacerse de ese nudo en el estómago que no le dejaba continuar.  

Su mala suerte empezó al quedarse sin trabajo -otra víctima más de la crisis-. El lunes se despertó a las 7, mucho más temprano de lo habitual. Se duchó, se vistió y desayunó mientras una mezcla de excitación y nerviosismo recorría todos los poros de su piel. Después colgó su mochila a la espalda y emprendió su camino.

A su paso cerró puertas y ventanas. Se despidió de su rellano, saludó a la señora de la limpieza que fregaba los peldaños de su escalera y ya en la portería miró el buzón. No tenía cartas. No cayó en la cuenta de que las 8 de la mañana era demasiado temprano como para que el cartero lo llenara de facturas o alguien dejara propaganda comercial. Después de cerrar el gran portón del edificio dio dos vueltas a la llave y abandonó el lugar que tanto había llegado a odiar aquellos días. Tan sólo eran las 9 de la mañana y estaba decidido a comerse el mundo.

Pasaría más de un mes subido en un tren que lo llevaría por toda Europa. Se olvidaría por un tiempo de su típica y rutinaria vida, con su apretada agenda, su estrés, sus deberes laborales, estudiantiles y familiares. Quería abrir un paréntesis en un párrafo de la historia de su vida, y de paso, borrar algunos de los recuerdos que le llevaron a abandonar su hogar. Y por encima de todo, quería olvidar a Ángela, su novia de toda la vida.

Por primera vez en mucho tiempo se dedicaría a sí mismo en cuerpo y alma; un verano para conocer gente mientras viajaba en ferrocarril y se convertía en un espía experto en vidas ajenas, como un voyeur de vestuario a escala mundial. O eso creyó él. Su historia se convirtió en algo más que “sexo, drogas y rock&roll”.

La noche que llegó a París conoció a Eric i Marcel, dos catalanes de buena familia que estaban de paso en la capital francesa. Todos se hospedaban en el hostal D’Artagnan un extraño tugurio para jóvenes muy cerca del cementerio de Pêre Lachaise. Esa necrópolis llevó a los tres a la ciudad del Sena. Todos querían ver la tumba de Jim Morrison, el mítico cantante de the Doors que murió como muchos otros miembros de su generación misteriosamente a los 27 años.

Les invitó a una cerveza en el bar del hostal, pero al poco rato se dieron cuenta de que aquel lugar les ahogaba, necesitaban salir, explorar la noche parisina y no lo harían solos. Aquel lugar estaba repleto de estudiantes de media Europa en viaje de fin de curso dispuestos a socializar. 

En ese momento, Nathan y la extraña pareja conocieron a un pequeño grupo de americanos de viaje por Europa antes de entrar en la universidad. Dos chicos y chicas de Portland,  neófitos en las noches europeas y parisinas y deseosos de vivir una buena juerga antes de coger el autobús el día siguiente hacia Frankfurt.

Un grupo de siete personas subió a la recepción del hostal para que la preciosa chica parisina que regentaba el hostal les dijera dónde podían ir.

-Os recomiendo un local cerca de la universidad en el barrio latino, yo mepasaré luego pero si no os dais prisa no cogeréis el metro- dijo en inglés con un fuerte acento francés.

Se engalanaron. Estaban de viaje y era pleno verano. Una camisa fina negra de manga corta, unos pantalones tejanos rotos y unos zapatillas Converse servirían. Querían ir a un local alternativo en pleno barrio Latino, muy cerca de la Universidad. Allí se pondrían al día de la música que estaba de moda en la capital francesa mientras ingerían cantidades ingentes de cerveza, absenta y licores varios.

Enfilaron la Rue Davout hacia la parada de metro de Bagnolet. Las puertas estaban abiertas, pero el taquillero les anunció en un torpe inglés que acababa de salir el último convoy. No habría más trenes hasta el día siguiente. Era de esperar, lunes, 11 de la noche, París.

Pero ellos estaban ávidos de fiesta. Con la ayuda de un mapa, calcularon que se encontrarían a poco más de tres cuartos de hora del centro. Llegarían a las 12, la hora perfecta. Cogieron la rue Belgrand que poco después se convirtió en avenue Gambetta. Tenían previsto coger la rue Chemin Vert un poco más allá del cementerio de Pêre Lachaise, hasta el Bulevar Richard Lenoir. Caminando un poco más llegarían a la Bastilla, su puerta al centro de París. Pero nada de eso llegó a pasar.

-El centro está muy lejos. ¡Mejor vamos en autobús!- dijo uno de los americanos.

-Ya que estamos aquí, podríamos pararnos un rato en el cementerio de Pêre Lachaise, y después coger el autobús – dije yo.

-Estás fatal, tío. ¿No se te ocurre nada más oscuro que visitar un cementerio de noche? -añadió uno de los catalanes.

-No es un cementerio cualquiera. ¡Allí está la tumba de Jim Morrison!- repliqué.

-Pues quédate con tu tumba, nosotros nos vamos al centro- anunció el americano.

-Me parece perfecto. Cogeré el siguiente autobús y nos vemos en el local-

Jane, una de las chicas americanas se quedó con Nathan. Dieron una vuelta al recinto. Era como una fortaleza infranqueable. No tenían ninguna posibilidad de atravesar aquel muro liso de más de tres metros de alto.

Defraudados, volvieron a la parada de autobús. Todos se habían ido. Se sentaron y empezaron a hablar de sus viajes, de la música y de su vida. 

-Disfruto la música mientras viajo. Da lo mismo de si se trata en el andén número 3 de la estación Gare du Sud de París o en el único banco de una parada de un autobús que nunca llega – dijo Nathan y añadió -¿Quieres que bajemos al centro dando un paseo?

-Me parece buena idea- dijo ella.

Cuando llegaban a la Bastilla, se les acercó un hombre que repartía flyers. Aquella noche un grupo de jazz, tocaría cerca del museo del Louvre, en una de las orillas del Sena. Una forma mágica de concluir su noche en París. Ambos marchaban al día siguiente, ella hacia Alemania y él a Ámsterdam parando una noche en Bruselas.

Cogieron un autobús nocturno que transitaba por la rue de Rivoli y se apearon delante del museo. La famosa pirámide que daba entrada al antiguo palacio del Louvre no les pareció tan espectacular pero la cantidad gente reunida en el jardín de las Tullerías, la mayoría turistas como ellos, le daba a la plaza un aspecto magnífico.

Bajaron a una de las orillas del Sena, abarrotadas de gente para ver al quinteto de jazz. Tocaban sus instrumentos en una barcaza en medio del río. Un espectáculo único. Era más de la una de la madrugada y no tocarían mucho rato más. Poco después de las dos, pararon la música, aparcaron la barcaza, recogieron sus instrumentos y la gente se dispersó poco a poco. En aquel jardín parisino se quedaron Nathan y Jane, un español y una americana disfrutando de su última noche en París.

Caminaron por las orillas del Sena y sin darse cuenta llegaron al parc du champs de mars, donde se erigía la mítica torre Eiffel. Frente aquella idílica estampa parisina, charlaron de todo un poco hasta que se dibujaron los primeros rayos de luz. No se besaron, ni si quiera se tocaron, pero aquella noche, les marcaría a ambos para siempre. Ella lo invitó a Portland, él hizo lo mismo con Madrid.

Poco después de la salida del sol, de regreso al hostal, unos músicos callejeros tocaban No woman no cry en una céntrica estación de metro. La música le devolvió el recuerdo de la bella Ángela. Con el primer toque del alba, dormiría en su alcoba, en pleno centro de Madrid, mientras él, recorría los bulevares de París con el recuerdo de una noche memorable.

Satisfecho, llegó al hostal, se despidió de Jane, recogió sus cosas y se marchó hacia la estación del norte. Dejó aquella magnífica ciudad dispuesto a seguir su camino hacia Bruselas, la siguiente parada de su viaje.

Los chicos de la bulliciosa ciudad de Belfast se arremolinaron en torno al nuevo bardo errante del pueblo. Sonrisas y Felicidad aparecieron en los rostros de los niños que se sentaron al poco en el suelo, impacientes por la historia que traería el juglar. ¿Una historia de dragones y míticos héroes montados en sus galantes corceles quizás? ¿O un hermoso romance de una dama apresada en un castillo y un valiente guerrero que la rescata de las garras de alguna bestia o humano malvado? Se preguntaban los jóvenes unos a otros. Cuando el ruido de la plaza cesó, el bardo, ataviado con unas extravagantes ropas verdes y rojas y un sombrero acabado en punta con un dorado cascabel en el pico, empezó a tocar bellamente su lira, disfrutando de cada nota como si le diese vida.
—Hola a todos, soy el bardo Megi, y provengo de las tierras al otro lado del mar. —Se presentó el hombre, haciendo una reverencia con su mano— Mi corazón goza al ver tantas personas en torno a mí. Me aventuro a decir que esperáis alguna historia para alegraros la tarde. ¿Me equivoco?—Preguntó en voz alta, inclinando la cabeza hacia el público y colocando su mano detrás de su oreja. Un “¡Si!” alargado, complació a los oídos del bardo. Durante dos o tres minutos, estuvo tocando su instrumento, envolviendo el ambiente con una melodía bonita pero trágica. Hizo una pausa y se aclaró la garganta. —La historia que os voy a contar trata sobre un antiguo guerrero de Berlín, llamado Aidan, El Desterrado. Aidan, desde pequeño, demostró una gran maestría con el manejo de la espada. Día tras día, visitaba a su tío, herrero de prestigio y antiguo soldado, y día tras día, aprendió el arte de la esgrima.
Tantos años de entrenamiento dieron sus frutos, y con dieciséis años, le permitieron entrar en el ejército… —El alegre bardo estuve narrando la historia de Aidan hasta que los últimos rallos del sol morían entre los muros grises de la ciudad. El cielo se tornó de rosa pálido a negro azabache en unos instantes y el narrador paró. —Queridos amigos, servidor tiene que descansar, la voz me duele y mi tripa ruge pidiendo comida. Si alguno de vosotros fuese tan amable de darme algunas monedas para poder comer caliente…—Pidió amablemente. Un par de padres le arrojaron algo de calderilla y él la recibió encantado, haciendo otra reverencia. Se dispuso a marcharse, no sin antes ser acribillado a preguntas tales como: ¿De qué material era la espada que había forjado su tío para Aidan antes de morir? ¿Cómo de grande era el ejército del rey en aquella época? O ¿Por qué le llaman “El Desterrado”?—Tranquilizaos amigos, una buena historia lleva tiempo. Mañana a la misma hora de hoy, seguiré narrando. Espero que asistáis tantos o más que hoy. —Y entonces se marchó, dejando a los ciudadanos comentando el cuento y pensando que pasaría mañana. Un rato después, cuando las estrellas menos luminosas resplandecieron en el cielo, los niños entraron en sus casas.
Al día siguiente, el bardo se presentó de nuevo a la misma hora y en el mismo lugar, y de nuevo, una marabunta de niños y adultos se arremolinaron en torno a él y tomaron asiento en el frío suelo. Megi volvió a tocar su lira. Dos minutos después, habló:
—Mi pecho palpita de alegría al volver a veros a todos, y también parece que hay algunas caras desconocidas—Dijo fijando su mirada en dos bellas chicas que acto seguido se ruborizaron. —Si nadie se opone, retomaré la historia… ¿Por donde iba? ¡Ah, si! Los años pasaban rápidamente para Aidan, y su fama se hizo famosa por toda Irlanda. El rey, complacido por su progreso, decidió hacerlo su guardián personal, su irem. Aidan, aceptó gustosamente y prometió dar su vida por su rey. Estos fueron los años de oro para él, hasta que un aciago día, la pena y la traición llamaron a las puertas de Belfast con la muerte del rey
Aidan se encontraba marchando por los pasillos de la torre este, donde el consejo y el rey tenían sus aposentos. Pasaba entre armaduras olvidadas y algún que otro criado que corría a alguna habitación. Al pasar al dormitorio del rey, una enorme sala con paredes de color dorado y varios blasones que representaban su emblema, el rey yacía en un charco de sangre con una daga clavada al corazón y a su lado, el hermano del rey, Trevor. Una mueca de asombro y miedo se apoderó de la cara de Aidan. Segundos después, envuelto en una furia ciega, desenvainó su espada forjada de un material desconocido pero letal y arremetió contra Trevor. Raudo el nuevo rey desenvainó su arma y combatieron. Rayos de plata centelleaban en la penumbra y el sonido de espada contra espada retumbaba en las paredes y techo. Aidan no tardó en desenvainar a su rival y amenazarle.
— ¡Ríndete y confiesa tu acto de traición!—Gritó liberando su rabia.
— Muere, perro—Ladró Trevor, recibiendo como respuesta un corte en la mejilla del que emanó sangre. Una risa de satisfacción surcó momentáneamente la cara del traidor. — ¡Ayuda! ¡Aidan ha matado al rey! ¡¡Lo ha matado!!—Gritó a pleno pulmón, atrayendo la atención de un siervo casual que se asomó y al ver la escena, gritó en busca de ayuda. En pocos segundos, la guardia, nobles y vasallos apresaron a Aidan.
— ¡Soltadme! ¡Ha sido él, Trevor ha asesinado al rey, no yo!—Chilló Aidan, intentando zafarse del rudo agarre de sus opresores. Gritó, pegó e intentó coger su arma, arañó y mordió, pero nada sirvió para liberarse. Un guardia le golpeó duramente en la cabeza con el pomo de su arma y Aidan cayó inconsciente, no sin antes ver una sonrisa burlona, desafiante y triunfante. La sonrisa de Trevor.
—Aidan Ò Conneil. Levántate. —Ordenó el juez y Aidan obedeció, mirándole con furia. —Has tenido suerte, el nuevo rey Trevor, ha decidido perdonarte la vida y mandarte al destierro. Se te prohíbe volver a pisar Dublín y acercarte a menos de doscientos pies de sus muros. Si alguien te ve deambulando cerca de aquí, tiene derecho a matarte por defensa propia. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?—Aidan Guardó silencio. ¿Qué podría contarle al juez? Ahora que Trevor era el rey, podría hacer lo que quisiese con él. —Muy bien. Lleváoslo—Sentenció y acto seguido dos soldados se levantaron de sus sillas y agarraron por los brazos al inocente Aidan. A las afueras de la ciudad le soltaron.
—Ahora, vete de aquí inmunda alimaña, y cuídate de esa herida que tienes en el rostro, es muy fea. —Gruñó el guardia y Aidan palpó su caro. Sus dedos estaban marcados de sangre; una raja le cruzaba desde debajo del ojo izquierdo al derecho pasando por la nariz y de ella emanaba algo de sangre. “Parece ser que los hechos ocurridos tan repentinamente han camuflado el dolor y la sensación de tenerla” se explicó. Anduvo junto con los guardias unos metros y le dejaron solo a sus anchas, advirtiéndole de nuevo que pasaría si le viesen cerca de la ciudad. Ahora se encontraba solo.
La ciudad de Belfast enfermaba día tras día. Desde que Trevor se alzó en el trono, todo había empeorado. Las enfermedades se propagaron por todos los habitantes, al igual que la pobreza y el hambre. La grandiosa Belfast, ahora cubil de desgracia y pena, moría lentamente. Los habitantes miraban desde sus ventanas al cielo, buscando una señal divina que les alegrase el alma, pero parecía ser que Dios estaba dormido en el cielo.
Dos mil quinientos hombres a pie y cien a caballo aguardaban a las afueras de la ciudad, esperando una única orden: atacar. Aidan y otro hombre con una pulida armadura de color plata y una melena blanca miraban la ciudad, analizándola.
Dime Aidan, ¿Qué se siente al ver de nuevo tu hogar?—Preguntó el hombre de la melena.
¿Hogar? Belfast no es mi hogar. —Varios recuerdos surcaron su mente como relámpagos: Poco después de ser exiliado, viajó sin rumbo durante un mes cazando y sobreviviendo, hasta que se topó con una ciudad que acogía a cualquiera que solo buscase paz. Vivió en una casa casi en ruinas que solo tenía un colchón y poco más. Durante su estancia, hizo migas con un antiguo noble de Belfast, al que le arrebataron todo un día que el rey Trevor tuvo ataque de codicia. Su castillo, sus mujeres, su riqueza, todo lo que tenía desapareció y tuvo que huir del ataque a su morada. Un día, oyeron ambos que todo un grupo de solados habían huido de la ciudad ya que el maligno rey no les pagaba lo suficiente para vivir. Eran cerca de veinticinco soldados bien entrenados y en perfectas condiciones. Aidan y su amigo, Bran, se sorprendieron por la acción de Trevor; ¿Quién se arriesgaría a perder soldados en aquella época de guerra? Aidan pidió audiencia con el rey poco después, y le convenció de hacer un ataque rápido a Belfast, ya que ahora se hallaba en una crisis poderosa. El rey sopesó la idea y varios de sus consejeros estuvieron de acuerdo, seguramente apenas perderían nada, ya que la primavera se acercaba y darían buen provecho de sus tierras. Hubo dos semanas de preparativos y al poco reunieron dos mil cuatrocientos hombres más un buen número de mercenarios. Aidan, conocido por su fama por guerrero y capitán de tropas, dirigiría el ejército. —Hoy, re-conquistaremos Belfast y de ella haremos una ciudad hermosa como antaño. Recordad: no queremos matar ciudadanos, solo concentraos en los soldados que se interpongan en vuestro camino. Nuestro objetivo es entrar en palacio y hacernos con el rey. ¿Entendido?—Como respuesta obtuvo gritos de impaciencia. — ¡Adelante!—Exclamó, dando paso a la batalla.
Entraron como una exhalación y por fortuna, nadie se interpuso en sus caminos. Algunos soldados que patrullaban la ciudad huyeron al ver tal cantidad de adversarios y decidieron esconderse hasta que todo cesase. Los arqueros no se atrevieron a disparar y hasta un par de ellos decidieron unirse a la cacería forma de protesta al rey.
En unos minutos llegaron al castillo y mil guardias salieron a su encuentro. Varios arqueros que se habían escondido en los tejados impregnaron en aceite sus flechas y con una vela las quemaron. Los proyectiles volaban como pequeñas estrellas y se precipitaban sobre los rivales, con suma precisión. Los jinetes desmontaron y se unieron al fragor de la batalla y al poco, el campo de batalla fue inundado por cadáveres. Solo cinco hombres del bando de Aidan perdieron la vida.
El Desterrado fue el primero en entrar al castillo. Dos guardianes del rey se abalanzaron contra él con furia, pero con dos movimientos de su muñeca atravesó la barriga de uno y seccionó el cuello de otro. Trevor mostraba una mueca de miedo pero sin perder su cara de truhán.
Trevor, esto acaba aquí y ahora. Voy a recuperar lo que me pertenece y te voy a borrar de la faz de la tierra. —Sentenció con decisión, adelantándose. Alzó la espada y atacó. Para su sorpresa, Trevor no se movió: parecía que estaba muerto mucho antes del asalto. Quizás asumió su destino, dejando de lado el orgullo como penitencia por sus pecados. —El bardo hizo una pausa y se levantó. —Amigos, deseo de corazón que halláis disfrutado de la historia. Ahora he de partir a otra ciudad, donde compartiré de nuevo, la historia de Aidan, El Desterrado. ¡Adiós!—Se despidió el bardo y se fue de la ciudad, dejando en el rostro de los presentes una sonrisa.

Era un día miserable como este y como cualquier otro, arriba los humanos hacían lo típico de todos los días, estaban aquellos de aburrida vida con su mente perdida en negocios y dinero, aquellos sumidos en estudios inútiles intentando ser mejor que los demás y aun así siempre esta aquel que los pisotea, aquellos que dicen ayudar a los demás y llaman amigos a quienes los rodean; pero yo se la verdad “a mis ojos no se pueden ocultar tras sus engañosas máscaras y estos “amigos” en realidad son meras herramientas y en muchos casos están llenos de envidia y odio entre sí mismos… Es muy divertido verlos actuando día a día bajo esa mascara de “buenas personas”.

Por supuesto, están aquellos que matan y roban por placer, para conseguir ese algo que quieren, para conseguir aquello tan deseado y que a mis ojos resultan inútiles. Esta es la vida cotidiana de los humanos, todos sin excepción son criaturas egoístas, odiosas y a veces más repugnantes que mis propios hermanos…

¿Qué quien soy yo? Mi nombre es irrelevante, pero has de saber que soy un demonio de las profundidades del abismo y mi trabajo es observar y persuadir a los seres humanos para que cometan “errores” e “injusticias”, pero la verdad en la parte persuasiva poco debo hacer pues como ya te dije los humanos se las arreglan solitos…

A veces, y en casos muy especiales, mi señor me ordena “recoger” personalmente algunas de estas almas condenadas, y en casos aun más especiales, corromper almas puras y llevármelas en el acto, es como un robo a mano armada, o si lo prefieres, “una transacción” pues estas “almas puras” tienen sus puntos débiles y son fácilmente manipulables. Recuerdo un trabajo en específico y desearía no hacerlo, pero es inevitable. Tuve un encuentro con una “Humana” que recordare por toda la eternidad desgraciadamente y solo de recordarlo me da miedo, sí, has leído bien, miedo. ¿Qué clase de persona es capaz de provocar ese efecto tan “humano” en un demonio? Lee atentamente y lo sabrás.

A través de los siglos nuestros amos han raptado almas para sus propósitos, son transacciones de los bajos mundos en los que las almas de las criaturas vivas, son como el oro en el mundo de los humanos, sin embargo hay almas especiales que son aun más valiosas. Que sepas que el alma que ha vivido más honradamente, aquella que nunca ha hecho daño a nadie y que usa el conocimiento para bien de otros, es las más valiosa, como un diamante pulido, pues el alma de un ladrón o un asesino son transacciones comunes y las hay a miles, estas almas puras son llamadas “Lux Dei” y son muy valiosas y raras de encontrar.

Solo a los mejores demonios les es encargada la tarea de apropiarse de dichas almas, incluso arrebatarlas, pero tal faena es peligrosa incluso para un señor del bajo mundo. Después de un tiempo cosechando almas impuras, había llegado mi momento, mi señor me había elegido para buscar una Lux Dei, mi objetivo era una anciana solitaria que vivía en una cabaña cerca de un bosque, al parecer sería muy fácil, había lidiado con peores cosas y soy un comandante de alto grado con el favor de nuestro soberano y mi intención era arrastrar esa Lux Dei entre gritos hacia el infierno. -Será muy divertido y deleitante a la vez… -me dije a mi mismo con una sonrisa siniestra en el rostro…

Me apresure a subir por la anciana, pero como buen demonio debía disfrazar mi apariencia, pues no quería matarla del susto, sin antes poder tentarla y hacer el proceso más “limpio”. Como un joven muchacho subí a la superficie y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba frente a la cabaña de la anciana, el ambiente allí era muy extraño incluso para mi, tantos árboles alrededor y ese olor tan desagradable que rondaba en el aire, la cabaña no podía ser menos, algunas plantas habían hecho enredaderas en las paredes de los lados y por las ventanas asomaban flores y otras plantas, la puerta tenía algunas baratijas alrededor y por un momento me sentí abrumado por el ambiente que me rodeaba. ¿Qué sucede? Ni los mismos infiernos son tan abrumadores para mí. Decidido a proseguir con mi misión procedí a tocar la puerta, pero justo cuando iba a hacerlo se abrió frente a mí como por una mano invisible a la vez una voz dijo suave pero firmemente -puedes entrar -¿debería sorprenderme? -No la verdad no, pero sí sentía curiosidad por lo que sucedía, sin más que hacer entré en la cabaña.

Algo en este sitio no me gustaba nada, el ambiente era aun más abrumador que afuera y casi daba asco el olor, era sobrecogedora aun para mí. No era muy grande, había una mesa y una pequeña estufa, a un lado se encontraba mi objetivo, la anciana mujer tenía el cabello largo y plateado; recogido con una trenza, su rostro delataba su edad, pues tenía varias arrugas alrededor de los ojos, vestía muy humildemente con una especie de vestido harapiento y calzaba zapatillas de tela. La anciana sonreía y demostraba mucha seguridad con su mirada que era casi penetrante como estudiando cada centímetro cada palabra y cada gesto…

Entre la conversación la anciana me dijo:

-Siéntate allí preparare un poco de té.-

Sin saber cómo ni porqué, sentí la necesidad de sentarme en aquella silla de madera, la anciana me daba cada vez más asco pero por alguna razón su presencia tenía un efecto muy raro en mí. Ya cansado de tanta cháchara le pregunte:

-¿Tienes deseos o anhelos?- La anciana dirigiendo su mirada hacia la mía contesto con otra pregunta:

-¿Acaso no estás aquí por esa misma razón?-

Un poco confundido le dije: -¿de qué hablas, que razón?-

La anciana sonriendo me dijo: -¿No vienes aquí en busca de algo? Aquello que tanto anhelas, lo tienes enfrente tan cerca pero a la vez tan lejos, eres muy predecible pero algo lento, pues te estaba esperando desde hace días, me preguntaba cuando aparecerías…

-Pero que… -¿¡Quién demonios te crees anciana!?- Le dije en tono alto y con mirada desafiante

- Vaya, tus instintos te han traicionado, ya decía yo, además tu disfraz no es muy bueno que digamos ¿sabes? Siento lo que te voy a decir, y sin ánimos de ofender, pero eres bastante feo, además podrías haber disfrazado un poco tu olor.

Furioso y casi escupiendo veneno le di un golpe a la mesa y le dije: -¡¿acaso te burlas de mí, vieja?! Sabes quién soy yo, soy un demonio de alto rango y te voy a desmembrar, luego arrancare tu alma de tu fétido y asqueroso pellejo para llevármela triunfante al infierno, mientras me deleitare con tus gritos y me reiré de ti carcajadas.

Tras todo lo dicho esperaba miedo de su parte, pero la anciana respondió muy serena: -¿De verdad? Vaya, y ahora que empezamos a conocernos bien, deberías ser más cortes con tus mayores hijo, hasta un demonio como tu debería tener modales…

La vieja empezaba a exasperarme ¿Qué demonios le pasaba a esta vieja loca? Yo, un demonio de primera categoría, un comandante burlado por una asquerosa anciana. Con más furia pero en tono sugerente le dije: -¿¡acaso has oído todo lo que te dije!? Has siquiera pensado en ello antes de emitir palabra, conoces mi forma y mi propósito y aun así ¿No me temes?

La anciana respondió con una sonrisa burlona: -¿debería? Quizá me perdí esa parte ya no soy la misma que hace unos años ¿sabes? Pero si era aquello del desmembramiento, las almas y el infierno, permite reírme de ti…

-¡Ahhh! aun no me explico que te sucede vieja, estas chalada, ¿sabes qué? Estoy cansado de ti empiezas a irritarme.

-¿Hasta ahora empiezas a irritarte? Vaya, por los gestos, los gritos y los brinquitos en la silla juraría que ya estabas irritado…

-Maldición, eres frustrante, mejor acabo rápido contigo antes de que sueltes otras de tus frasecitas.

-Por un momento estaba decidido a matar a la anciana, ya me tenia harto, cuál fue mi sorpresa al intentar incorporarme, no pude, era como si estuviera pegado a la silla y no tenía ni fuerza para levantar la misma.

-¿¡Qué sucede porque no puedo levantarme de esta porquería!?

-Ah querido sí que puedes, pero tu propia naturaleza no te deja.

-¿¡Qué!? ¿Mi naturaleza a que te refieres?

-Se supone que los demonios gozan de una inteligencia elevada, empiezo a dudar de esa parte. Verás esa silla no te ata, tú te atas a ella, te preguntare ¿por qué estás aquí?

-Eso ya lo sabes vieja loca estoy aquí por tu alma…

-Bien pero ¿decidiste venir sin más aquí por ella?

-Eh… bueno, la verdad es que es una misión, pero no viene al caso.

-Vamos progresando mi pequeño demonio… entonces es una misión. ¿te lo ordenaron, no es así?

-¿Pequeño demonio? Bah, sí, me lo ordenó mi señor, solo sigo su voluntad y su voluntad era venir aquí por tu alma Lux Dei.

-¿Lux Dei? Vaya, qué interesante, pero no viene al caso. Te diré, entonces estas aquí por voluntad de otro, no por voluntad propia, dime ¿qué te dice eso?

-Me dice que eres una vieja loca y con muchas artimañas que de alguna manera me ha atado a esta maldita silla y cuando me logre liberar te partiré en dos, eso me dice.

-Ah pero no te liberaras, al menos no por ti mismo, veras no hay juegos, ni artimañas en realidad eres tú mismo… Es muy fácil mantenerte ahí sentadito, porque no tienes la voluntad de levantare, recuerda que te dije que te sentaras y tú mismo lo hiciste.

-Pero que… ¿¡Dices que no tengo voluntad!? ¡Tengo la voluntad de hacer cualquier cosa que yo quiera!

-Pero me acabaste de decir que estabas aquí por la voluntad de “tu señor” no por la tuya… es muy sencillo, eres una marioneta, no tienes voluntad, vas de aquí para allá infligiendo miedo y discordia pero la verdad es que nunca has hecho nada por ti mismo, solo sabes seguir ordenes y la voluntad de otros. Mi voluntad es grande y te dice que te quedes en esa silla… por eso no puedes levantarte, como te dije esta en tu naturaleza seguir ordenes, en realidad es muy fácil.

-Imposible ¿¡quién demonios eres!? O mejor dicho ¿qué eres?

-No soy más que lo que ves una humana sin más, algo especial podría decirse, pues ya no quedamos muchos así, con el poder innato que ahora te mantiene en esa silla, con respeto por la naturaleza y por todos sus hijos. Los humanos somos más especiales de lo que crees, a diferencia de un demonio, un humano tiene la voluntad de vivir, de trabajar, de reír, de llorar, de cometer errores y de enmendarlos. Los humanos son seres inmundos, imperfectos y egoístas, vieja… Muy cierto muchos se han vuelto así y es una lástima pero irónicamente son esas imperfecciones lo que hacen del ser humano tan especial, cada humano es “perfectamente, imperfecto” somos libres de decidir lo que queremos, lo que está bien y lo que está mal, lo que nos beneficia o perjudica. Algo que a ti te hace falta y de lo que seguro, ahora mismo querrías una porción. Recuerda siempre este momento y piénsalo dos veces antes de buscar una “Lux Dei”, pues por algo los mismos demonios le han colocado ese nombre, y averigua bien, no creo que ninguno de tus “hermanos” haya conseguido nunca una de esas almas y si creyeron haberlo hecho no era una Lux Dei, te lo aseguro…Ahora levántate y vete no eres bienvenido hoy, ni lo serás mañana y recuerda el día de hoy por siempre, no te será difícil “A-lumen”.

Entonces me levanté con la cabeza abajo y salí por aquella puerta justo como entré, incluso ahora mismo el infierno me parece un lugar agradable, aunque me han degradado y ahora soy un sirviente, pero si las palabras de la anciana eran ciertas. ¿No lo habré sido siempre?

Al principio solo reinaba la nada, un vacío de oscuridad que resultaba imposible de describir en palabras por mucho que se intentase.

Pero ello no significaba que no hubiera realmente nada, pues La Madre siempre estaba presente, incluso antes de todo comienzo. Incontables años permaneció La Madre en silencio contemplando la soledad en la que se encontraba sumida. Entonces decidió que una existencia así carecía de sentido, por lo que sería necesario labrar uno propio. Con su voluntad extendió su deseo en todas direcciones, emitiendo una sencilla pero bella canción como nunca se ha oído, y que desgraciadamente nunca se oirá de nuevo, salvo cuando La Madre desee rehacer el mundo en los oscuros días del Final.

El corazón de La Madre era puro y aquello se reflejaba en su creación, pues en aquel espacio inmenso de oscuridad surgieron innumerables puntos de luz que destellaban con gran pasión. La Madre los contempló y sonrió satisfecha con su creación, y así continuó su contemplación alabando las “estrellas” que había creado, pues ése era el nombre que les había dado.

Mucho tiempo después, La Madre nuevamente sintió sola, y entendió que su obra necesitaba ser contemplada por alguien más que ella. Así pues examinó en su interior y soltó un largo y suave suspiro. De su exhalación surgieron 6 esferas de colores, a las que La Madre llamó “Sairis”. Pero no podía llamarlas a todas del mismo modo, por lo que decidió que ése sería el nombre para referirse a ellas, pero que cada una tendría el suyo propio: la primera de ellas, de color rojo oscuro, la llamó Varoke; la segunda, de color marrón oscuro, tomó el nombre de Andealus; las dos siguientes esferas eran de color notablemente más claro que las anteriores, y eran de color azul y verde. La Madre les puso de nombre Ectyare y Emidera. La quinta esfera era de un tono azul muy semejante al de Ectyare, pero ligeramente más oscuro. En cuando su creadora le puso su nombre, Dalmerión, inmediatamente se desplazó hasta girar cerca de su compañera de color más claro. La última esfera, de un tono dorado muy hermoso, fue llamada Antaris. Con un nombre por el que referirse a ellas, La Madre las rodeó y les habló a todas ellas:

- Os doy la bienvenida a esta realidad que ha sido creada. Vosotros sois parte de mí, y por tanto poseéis parte de mi poder. Confío en vuestra sabiduría y espero que sepáis darle buena utilidad. Enseñadme la belleza que podéis crear, yo os contemplaré y juzgaré vuestras obras.

Sin decir nada más, permitió que sus pequeñas creaciones viajaran a su antojo por el mundo, mas permanecieron juntas, pues no hace mucho que habían nacido y el único recuerdo que tenían era el de existir juntos como una única forma. Juntos recorrieron el oscuro mundo iluminados brevemente por las estrellas que se encontraban. Sin embargo, con el tiempo comenzaron a aburrirse de la monotonía de aquel lugar, y comprendieron que si querían encontrar algo diferente deberían crearlo ellos mismos; pero tal y como eran no disponían de la capacidad para trabajar nada, así que alteraron sus formas para poder llevar a cabo su obra:

Varoke adoptó la forma de un hombre de gran fortaleza física, pues su corazón estaba lleno de la vitalidad de La Madre y no había tarea de la que no se sintiera capaz de realizar. Con su voluntad extendió su poder por la oscuridad y creó una esfera de fuego muy parecido a lo que había sido él en un principio. Varoke contempló su obra y se sintió satisfecho.

No pensaba igual Andealus, pues veía en aquella esfera de fuego al propio Varoke y nada más, por lo que esa obra, creada por uno solo de ellos, carecía de verdadera fuerza y no podía considerarse una obra digna para La Madre. Travieso, extendió su voluntad hacia la creación de su compañero y cubrió el fuego con una gran capa de tierra. Varoke se enfureció por ello y entregó más poder a su creación, haciendo que la tierra se resquebrajara y que de ella emanaran violentas erupciones de fuego, que comenzaron a elevar y hundir la superficie por muchos puntos. Andealus no cedió ante la demostración de poder de su compañero y respondió con la misma moneda, provocando que las erupciones sólo se produjeran en unos pocos puntos de la superficie, que ahora se encontraban más elevados que el resto del terreno.

Ectyare contempló divertida el espectáculo que estaban mostrando sus compañeros, intentando demostrar cuál era más fuerte de ellos. Aún no habían comprendido algo que ella sabía muy bien, que todos ellos eran fruto de la misma creadora, y que por tanto eran iguales en poder. En un intento de aplacar la pelea, usó su poder y cubrió gran parte de la superficie con agua. Varoke y Andealus se sorprendieron e intentaron contraatacar: Varoke golpeó aun con más fuerza y provocó erupciones aun más violentas, pero el agua creada por Ectyare las debilitaba en cuestión de segundos. Andealus intentó extender su terreno para cubrir el agua, pero ésta se encontraba encima de la tierra, y era imposible que pudiera ceder ante ella. Era evidente que Ectyare había resultado vencedora. No obstante, Dalmerión, que desde el comienzo había permanecido cerca de Ectyare, acudió en su ayuda para terminar entre el conflicto de Varoke y Andealus, y recurriendo a su poder creó un poderoso viento que aplacó las llamas más violentas y desmenuzó las rocas que se adentraban en el mar, formando numerosas islas por su superficie. Los Sairis del fuego y la tierra comprendieron su derrota y la aceptaron, riendo todos por el largo momento de diversión del cual habían sido testigos.

Emidera, que al igual que Antaris no había participado en el juego, contempló maravillada la belleza del agua que había creado su compañera y apreció en ella una fuerza capaz de crear nueva vida. Sintió la fuerte necesidad de crear algo con su ayuda, pero sabía que nada podría nacer en aquel lugar que resultaba tan violento, así que fijó su atención en la tierra creada por Andealus, donde encontró un refugio para su obra. Cantando una suave canción nacida de su imaginación, Emidera extendió su voz por toda la superficie, haciendo que de ella surgieran innumerables brotes de fina hierba de un color verde muy vivo.

Dalmerión y Ectyare quedaron maravillados por la creación de la Sairis de la naturaleza, y estuvieron de acuerdo en que tenían que ayudar a que fuera más hermosa. Por ello, Dalmerión recurrió a su poder y creó fuertes vientos que le ayudaran a desplazar el agua, pero lo único que consiguió es que grandes cantidades de agua se extendieran y ahogaran la hierba. Ectyare logró extender numerosos ríos y lagos por la superficie que, si bien eran hermosos, no cumplían del todo el cometido que realmente necesitaban satisfacer. Sin saber qué hacer, recurrieron a Antaris, el más sabio de los seis Sairis.

Antaris, Sairis de la luz, contempló el problema y encontró una solución que podía servir no solo para ayudar a sus compañeros, sino también para cumplir su propia voluntad: crear una estrella del mismo modo que La Madre había creado las suyas. Con ayuda de Varoke, Antaris creó una enorme esfera de luz y la alejó, de forma que iluminara la obra que habían creado entre todos. Varoke usó su poder para rodear aquella esfera de luz con su propio fuego, de forma que no solo iluminara, sino que también diera calor.

La intensidad de calor de esta segunda esfera provocó que parte del agua de la obra conjunta se evaporara y surgieran las primeras nubes. Dalmerión comprendió y las azotó con viento para que se movieran por el mundo. Cuando las nubes chocaban contra otras, se desparramaba el contenido de ambas, y caía una fina lluvia que regaba la hierba por todos lados. La obra creada por Emidera evolucionó favorablemente y en cuestión de siglos comenzaron a nacer los primeros bosques. Los seis Sairis contemplaron maravillados su creación y decidieron ponerle nombre: Earis, o Primera Tierra.

Gozosos con su resultado, se desplazaron para enseñársela a La Madre. La creadora contempló satisfecha la creación de sus criaturas, y sintió que parte de un sueño que residía en su interior había despertado y que se había vuelto realidad. La Madre contempló Earis y sintió que algo tan hermoso debía crecer aun más. Por ello, exhaló un nuevo soplo de vida sobre esa tierra y extendió la vida por toda ella. Si bien los Sairis no comprendieron la acción de su creadora, no la discutieron, pues sabían que su propia sabiduría distaba muchísimo de la de La Madre.

Largo tiempo después, los Sairis contemplaron asombrados toda Earis, pues de ella surgieron innumerables fuentes de vida. Criaturas como nunca habían visto antes corrían por su superficie, tan cercanas y tan lejanas… tan parecidas y a la vez tan diferentes a ellos mismos. Sorprendidos por aquella enigmática existencia, los Sairis descendieron al mundo y vivieron a su lado. Y por mucho tiempo fueron dichosos.

Mas todo en el mundo tiene su opuesto, del mismo modo que el agua y el fuego son contrarios, del mismo modo que no hay luz sin oscuridad, no hay felicidad sin tristeza, y no hay bondad sin maldad. Porque La Madre, en su infinita sabiduría, no alcanzó a comprender que incluso en su propia creación, en la cual había puesto sus sueños y esperanzas, también había puesto involuntariamente sus temores y preocupaciones; y del mismo modo que ella había creado una obra de indescriptible belleza, en su interior residía una pequeña semilla podrida que podría llegar a pudrir toda la creación desde su mismísimo centro. Aún si saberlo, La Madre había creado a su propia Némesis, una entidad conocida como El Reverso.

 

Del inicio del tiempo, los Sairis y la vida.

Primer extracto de La Creación.

Era una noche cerrada. La lluvia castigaba fieramente las rocosas paredes del castillo mientras la luna, burlona, se mantenía ojiplática al espectáculo tenebroso y melancólico que tenia lugar esa noche. Todos estaban ya en un mundo etéreo; todos menos uno. La leve iluminación del astro apenas lograba atravesar la densura de la oscuridad. Y mientras, feroces chuzos de punta golpeaban una vieja ventana de arco de madera, cristal y piedra.

En su interior, una leve e irregular claridad adornaban las paredes de la medieval habitación por unos cuantos candelabros en las esquinas, y una débil vela en una pequeña mesa. El silencio se escuchaba. Se palpaba. Y en un rincón oscurecido, se hallaba una silla de enorme respaldo y sin brazos, dispuesta a lastimar la espalda de su inclinado huésped, pero a su vez le daba un cobijo que necesitaba.

Allí se tendía, hora tras hora, con las piernas estiradas y una capa que portaba cayéndosele por los lados de la silla. Aquel hombre era joven, pero curtido por obligación vital. Poseía un pelo largo y su boca medio abierta dejaba ver una mandíbula cerrada con fuerza. Allí se tendía, tembloroso, señor del castillo, joven atormentado por la reciente noticia de la súbita muerte de su amada. Pero cualquiera diría que llevaba ahí toda la vida. Para él ya nada tenía sentido. Se limitaba a mantenerse lejos de la luz, lamentándose con una mano en la cara tapándosela. Los pelos se deslizaban entre sus dedos, ocultando a los lados la luz en su rostro. Un rostro enrojecido y humedecido por las miles de lágrimas que hoy, como cualquier día más, había derramado ya.
Poco esperaba avanzar la noche: la lluvia cada vez más intensa, la enorme luna escondida a través de un marco de madera. Sin embargo, aquel silencio, que solo se rompía por la caída de las lágrimas de su rostro sobre la capa, se vería perturbado pronto por unos pasos cercanos en la habitación. Casi sin darse cuenta, un hombre mayor se mantenía impasivo ante el joven. Aquel hombre parecía de otro mundo: una larga túnica azul oscuro adornada con estrellas amarillas de punta, y un gorro picudo pero caído a juego. Sus mangas se anchaban enormemente a la altura de las muñecas tanto que casi rozaban el suelo. Tenía también una larguísima barba blanca y unas gafas pequeñas y redondas,que clavaban su mirada sin compasión sobre el joven. El joven no se percató de su sigilosa aparición hasta que éste habló:

- “Menuda noche, eh.”
El joven, casi sin inmutarse, separó la mano de su cara y lo miró fríamente. Se dejaron ver unos ojos entrecerrados, con el ceño fruncido y una mirada que emanaba rencor puro atravesando a su víctima.
- “¿Quién eres tú, y qué haces aquí? – Dijo con desagrado. Tranquilamente el anciano contesto:

- “Una gran pérdida la de tu amada, sin duda. No me quiero ni imaginar cuanto desearías volver a verla ahora mismo.”

Eso dolió. Dolió mucho. El brazo libre que colgaba por un lado de la silla con la mano relajada, cerró su puño al instante. Sus dientes chocaron entre si fuertemente y en su mente vagaban horribles pensamientos hacia el anciano. Y justo cuando iba a contra atacarle, el anciano dijo:

-”Yo puedo hacerlo realidad.”

El tiempo se detuvo. Su boca se abrió para articular palabra, pero no encontró las adecuadas. Su cuerpo se petrificó y sus ojos parecían completamente abiertos bajo su pelo. -”¿Quieres…?” – Volvió a decir. La respiración del joven se tornó acelerada, y la idea de su amada en pie no se quería alejar de sus retinas. Ya había aceptado la horrible verdad, para soportar un eterno llanto que nada detendría. O eso creía él. Era simplemente… una oportunidad. Pero cuando miró con determinación a aquella extraña persona, ésta estaba ya de espaldas de camino a la puerta. Antes de cruzarla, se detuvo para mirar al joven perplejo y decir:

-”Pues eso nunca ocurrirá. Acéptalo. Y, de ahora en adelante, te pasarás toda tu vida preguntándote a ti mismo como habría sido tu vida si aquella mentira de antaño hubiese sido verdad.”

Entonces se desvaneció, y allí se quedó solo de nuevo el joven, paralizado por la conmoción. Y en aquella noche de luna llena, a las afueras del castillo se pudo escuchar tal desgarrador grito de desesperanza, que ni el estruendo de la lluvia pudo silenciar”.

Saber cómo decir esto fácil no es

Más cuando sea tarde puede que él no esté

¿Qué pasará si a él pierdo una vez?

Algún día,cuanto pronto, lo diré.
Me alimento de ti, del amor que des

El amor que recibo, que recibiré

Las caricias perdidas en mi ser

No temas, me dices, pues siempre te querré

Calamidad es ocultar el amor

Que no nos vean,que no nos señalen

Que alguna vez pueda ser libre, libre
Calamidad es ocultar el amor

Que no nos oigan, que no nos aten

Que alguna vez me hagas libre, libre.

Su padre era estúpido. Era activista, en unos tiempos en los que era poco recomendable serlo. Libertad, democracia, y todo el pack. Todo transcurrió por los cauces habituales: denuncia de vecino, arresto, enfermedad, muerte a los pocos años de cárcel. La madre, privada de sustento familiar y con el doble peso de ser mujer y esposa de un disidente, se vio acorralada a las calles, cayendo al año y medio de una venérea y dejándolo a él sólo en el mundo, a los nueve años.

El único punto positivo de los orfanatos es es anonimato: nadie es hijo de nadie, todos son críos desgraciados por igual. No le costó acostumbrarse, hasta agradeció el cambio por contraste. Siendo este llevado por el Estado, en él aprendió todo lo que su padre había denostado. La adoración ciega, el nacionalismo, el odio, la seguridad. Se empapó, casi literalmente, del dogma. Pasó siete años dentro, y un par bajo tutela vigilada; pero para cuando salió de allí, ya se hacía exacta idea de las enormes idioteces que su predecesor había defendido, y era todo un ejemplo de obediencia y virtudes.

A falta de pasado, se fabricó de cero, desde la base. Con los informes de adherencia al Régimen de los tutores del orfanato, no le fue difícil ingresar en el partido, y hacerse un nombre en él. Al tercer año de vida libre, el primero de independencia total, ya había abandonado su trabajo de oficinista figurante por uno de similar en la sede provincial. A partir de ahí, fue aún más estelar si cabe. Dosificando pelotilleo, buen juicio y fanatismo, llegó rápidamente a encargado jefe de la sede. Descubrió en sí mismo a un magnífico orador, y sus preciosos discursos encendían, según la conveniencia de la ocasión, la adoración al Líder o el odio a lo que conviniese.

Pese a su éxito, por supuesto, fue prudente. Nunca cesaba en alabanzas ni halagos, y pese a ser un gran individual, nunca cayó en el individualismo. Eso le granjeó la simpatía de los de encima suyo, encantados y aliviados de tener un competidor menos. Combinada su humildad con su popularidad, fue sencillo para él un ascenso hacia la sede del gobierno, a sus veintinueve años.

De ahí en adelante tuvo que jugar más duro, más lento, y con más calma. No narraré las interminables batallas, las oleadas de desprestigio que aguantó, los escándalos de corrupción (ideológicos y económicos) que destapó en el mismo gobierno, sus cazas de brujas y ataques al terrorismo. Solo decir que, al llegar a los cuarenta, y con una popularidad tocada pero aún firme, era el segundo al mando y el hombre de confianza del Líder.

Nunca se casó, ni tuvo hijos. No tuvo otro trabajo, otra obsesión, otra vida más allá del partido. 

Y pese a todo eso, ahora, en el palco, no se arrepiente de nada. Hombres y mujeres, tras el shock inicial, se acurrucan bajo las butacas, entre gritos, o corren hacia la puerta. Algunos, los más valientes o fanáticos, pierden el juicio al ver el agujero sangrante en la cabeza del Líder y se acercan, saltando filas y vociferando. Pero están lejos, seguridad le tumbará antes, Por eso, y viendo cumplida su venganza, nuestro hombre se permite una sonrisa de suficiencia y satisfacción antes de volarse la cabeza con la segunda bala de la pistola.

Recuerdos… Simples aves que vuelan libremente, y sin rumbo, que florecen en nuestras mentes y nos hacen ver los numerosos momentos que pasamos en tiempos de antaño. Como guia, el sentimiento es su brujula, y su aguja, el deseo de volver a su hogar. Para nosotros, ellos no son mas que ilusiones, que desaparecen como el espejismo en el desierto, cuando mas lo necesitamos, y hacen su aparicion como la aurora boreal en la gelida tierra, cuando menos nos lo esperamos. Precisamente, los recuerdos son los culpables de nuestros sueños, los que nos fascinan con objetivos prácticamente inalcanzables, y los que nos trasladan al mundo del deseo y la irracionalidad. Mucha gente no es capaz de ver que todo con lo que sueña no es mas que una simple blasfemia inventada por la traicionera imaginación de la mente humana.

Cualquier persona que se sienta demasiado atraida por el recuerdo puede terminar con el peor de los castigos, la muerte. Todos los intentos que la vida nos deja para intentar completar el reto son en vano, aunque aun asi, numerosos ignorantes los utilizan para ver cumplido su deseo. Las almas de esos cascarones vacios que dejan al morir las personas que aceptaron el reto viven atormentadas por la ignorancia de su forma corporal, y solo desean volver atrás y rectificar sus errores.

Eso es lo que pensaba yo, pero ahora he visto la luz, que me ha iluminado y me ha dado razones para creer en lo que quiero con todo mi corazon. Ahora se, que puedo conseguir todo lo que me proponga, por imposible que parezca. Los bello recuerdos de mi infancia me hicieron ver que el ignorante solamente era yo. Los sueños que tenia de pequeño, los sueños de mi infancia, los objetivos en los que creia, quedaron marcados en mi recuerdo, que ahora ha vuelto a aparecer, para nunca volver a desaparecer. Por fin podre afrontar los peligros sin miedo a perder la vida y conseguir todo lo que en mi recuerdo quedo guardado, poder estar con mi familia siempre y no perderla como mi objetivo, llegar a ser alguien en el mundo de la danza como mi sueño, y como deseo… simplemente ser feliz, y que todas las personas a las que quiero puedan sentir el mismo sentimiento de felicidad.

¿Y tu? ¿Crees en los recuerdos y en tus sueños? No caigas en el mismo error que yo y persigue lo que siempre has querido. No tengas miedo, si de verdad lo deseas, lo conseguiras.

El escritor se encuentra sentado en su viejo sillón, cansado y envejecido. Una lágrima parece querer escapar de sus ojos, pero se retiene a la espera de un momento de flaqueza. Todo parece quieto, sin vida, incluso él parece estar inerte. El viejo reloj de péndulo,con su suave balanceo, es la única certeza de que el tiempo pasa.

¿Por qué no te detienes? – Piensa el hombre desesperado, pero reconsidera incluso sus propios pensamientos – No,tiempo, no te detengas, mejor da marcha atrás, que tu ciclo retroceda hacia ese momento, quiero volver a aquella noche cálida, quiero revivir aquellos recuerdos y cuando vuelva a estar rodeado de aquellos brazos, con su aroma dulce siempre en mi mente… párate, no continúes, no quiero vivir más, no quiero continuar si esto es lo que me espera… estar sin ella.

Cierra los ojos con fuerza, aún más cansado. Una amarga sonrisa aparece en su cara, y aquella lágrima, que siempre había estado a la espera, aprovecha el momento para ser libre, recorre su cara, ajena a sus sentimientos, como burlándose de él. Sin embargo, no llega nunca a completar su viaje, ya que su mano, temblorosa, lo impide. Mira con tristeza esa lágrima tan osada, que había tenido el valor de asomarse, aprieta el puño, y el agua salada de su llanto desapareció en su piel. Suelta un suspiro prolongado y se levanta con pesar. Camina por aquel salón lúgubre y oscuro, y se asoma a la ventana. Noche luminosa, edificios, tráfico, personas,estrés, prisas… todo era ajeno a su pesar lastimero.

- Oh, mundo. ¿Por qué te ríes de mi pena?¿Tanto me he merecido este dolor para que incluso tú me des la espalda?¿Acaso no la valoré como debía?¿Acaso no la quise suficiente? Estaría dispuesto a morir por un momento más a su lado, pensando que ella aún siente ese amor puro y verdadero que nos unió.

No obtuvo respuesta para esa súplica,solamente un terrible silencio que le hizo estremecerse. ¿Dónde estaba esa risa que le alegraba la vida?¿Y esas palabras susurradas al oído?¿Habían desaparecido sin más? Volvió a dejar escapar un suspiro que le desgarró el pecho. Se volvió sobre sí mismo, dando la espalda a ese mundo luminoso y acelerado. Recorrió el cuarto hasta llegar al escritorio lleno de proyectos que nunca verían la luz. Los apartó con rabia y desesperación., cogió su querida pluma, la que ella le regaló, abrió con fuerza el bloc de notas y comenzó a expresarse, con tristeza, con dolor. La tinta empezó a deslizarse por el papel dibujando pequeños símbolos con significado, símbolos que representaban un sentimiento, tal vez diferente para él que para cualquier otra persona. De pronto, la tinta paró de brotar, la muñeca rápida y veloz pareció perder fuerza, y la pluma cayó manchando esas líneas llenas de palabras que mostraban una palpable desesperación. Se levantó del asiento, tirando a su vez la silla,con tanta rabia, que consiguió romper ligeramente una de las patas de apoyo. Se mantuvo de pie, con una mano en el pecho, como intentando de esa manera mitigar el dolor. Cerró los ojos e intentó no respirar. En su mente deseó que el tiempo se detuviese, ya no le importaba vivir en esa desesperación, solo quería no continuar, no quería olvidar, ¡eso era!, no quería olvidarla. Pensaba que si continuaba la olvidaría, que olvidaría sus ojos del color del cielo, que no sería capaz de recordar su piel bronceada… que no sería capaz de recordar lo que vivió con ella.

- Mundo, lo suplico, no corras,detente aquí y ahora, aunque esta desesperación me consuma, si dejas de fluir,tiempo, no la olvidaré jamás, y podré seguir con ella, de alguna forma en mi memoria.

Pero la luz del amanecer se fue filtrando por la ventana y le iluminó el rostro. Como si fuera eso una señal,un preludio, el escritor sintió su pecho desgarrado y su corazón, ya débil,pareció marchitarse. Cayó al suelo, inmóvil, fallecido, ejemplo de su fracaso en esa batalla, en aquella lucha en la que nadie puede salir victorioso. FIN

El sol yacía tenue tras las montañas, ahogándose en su propia luz  para traer una vez más la oscuridad que se cierne bajo el cielo. Las estrellas brillaban en el firmamento, como si me observasen, sabían a qué había venido.

Estaba sentado en el banco del parque, solo, absorto en mis pensamientos y observando el triste paisaje que se dibujaba en el horizonte. Días y noches, en soledad,solo acompañando por los lamentos que me perturbaban. Pero esperaba, en el frío, esperaba, sabía que ella volvería a aparecer y me acariciaría el pelo con sus helados pero tiernos dedos, tarde o temprano…lo haría…

La conocí una fría tarde de invierno, cuando la nieve caía tan sutilmente desde el cielo. Ella caminaba despacio. Llevaba un vestido de gélidos tonos blancos y una diadema azul celeste, lucía una melena que le llegaba por la cintura, negro como el tizón, pero con delicadas mechas blancas en el flequillo. Era extraño ver a tan joven dama con mechas blancas a tal edad, pero aun así le brindaban una belleza extravagante y exótica.

Se sentó a mi lado en aquel frío banco en medio del parque pidiendo, avergonzada,permiso para sentarse. Por supuesto dije que sí, y entablamos una conversación un tanto peculiar: me preguntó sin ton ni son si había encontrado el amor. Le contesté, sin saber a qué venia tal pregunta, que el amor es algo que no siempre se encuentra pero que aún así siempre tenemos; como por ejemplo de nuestros padres, ya que nos dieron la vida. Parecía satisfecha con la respuesta,ya que esbozó una leve sonrisa.

Alexia, así se presentó la muchacha, mirándome con unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas recién pulidas. Por sus ropajes deduje que era una chica de alta alcurnia, ¿Qué hacia, pues, en un parque, hablando con un extraño? Esa pregunta me sería contestada muy pronto; pero no en aquel momento,pues Alexia se tenía que ir. La aguardaban en casa, me sonrió y me explicó que todos los días pasaba por el parque, así que nos veríamos de nuevo.

Los meses pasaban y cada vez que hablábamos la conocía un poco más. Cada vezque venía aparecía con más y más heridas; según ella, provocadas por simples accidentes que tenía, decía, por ser muy torpe. Con el tiempo nos enamoramos y los sentimientos y la magia que para mi parecían solo cuentos de hadas se fueron haciendo reales cada noche que la veía. La luz de su sonrisa alumbraba mi ser en cada momento que compartíamos juntos, su voz era el antídoto para el veneno llamado soledad que fluía por mis venas y poco apoco me destruía el alma. Sí, estaba perdidamente enamorado de aquel ángel cuyas alas eran la esperanza de una vida larga y próspera; y, aunque me amaba con locura, el cruel destino nos separó antes mismo de que empezara nuestra historia. Sabíamos que no debíamos ser descubiertos, ya que su padre no lo aceptaría y no podría volver a ver a mi dulce Alexia nunca más, así que solo la luna era cómplice de nuestros momentos íntimos en aquellas noches frías. Hasta que un día ella dejó de acudir a nuestros nocturnos encuentros.

Las lagrimas llenas de tristeza no dejaban de caer, la unión que tenía con Alexia era tan fuerte que tan solo pensar que no la vería mas, que no podría volver a abrazarla y sentir el calor de su cuerpo contra el mío, de que no volvería a probar el sabor agridulce de sus labios, me perdía en lúgubres pensamientos de soledad. Ah, soledad…compañera enfermiza de los pobres desamparados como yo… Pensé que al haber encontrado a mi dulce dama no volvería a atormentarme con la compañía de tal sentimiento. Me equivocaba…no sabéis hasta que punto…

Decidí ir hasta su casa, la mansión de los D´Angelo, y ver el motivo de su ausencia en mis noches. Mientras caminaba, me armaba de valor para enfrentarme a la verdad, fuera cual fuera. Valor que sabía que no tenía pero debía encontrar y sacar de mis entrañas. El miedo parecía más fuerte que mi determinación, mi pulso temblaba, mi caminar era lento y sin ningún resquicio de seguridad en los pasos. Me acercaba  a la mansión donde por fin podría hablar con Alexia.

Al llegar me acerqué a la puerta y pensé en hacer sonar la campana, pero me acordé de que su padre podría ser muy poco receptivo así que busqué la ventana del cuarto de mi dama. Mientras buscaba oí gritos ahogados que parecían proceder del salón. Por suerte la ventana de este cómodo de la casa era bastante amplia y, aunque siempre estaba cubierta por unas cortinas rojas, ese día casualmente no lo estaba.

Me acerqué poco a poco a la ventana, y ojalá no lo hubiera hecho. Veía por fin ami amada Alexia, pero de una forma que nunca quise ver: estaba desnuda, sujeta al techo por unos alambres de cobre que, por lo que parecían, apretaban demasiado sus frágiles muñecas haciéndolas sangrar. Me dolió verla así y automáticamente pensé en la manera de sacarla de allí. Demasiado tarde, ya que en ese instante entró su padre en el salón No podía oír lo que decía, sólo cómo se quitaba la camisa frente a su agonizante hija. Por si no le bastara al maldito sádico, la azotaba con un látigo de colas de metal que le desgarraban la piel mientras él se reía regocijándose en su crueldad. Sólo el cuadro silencioso de la madre de Alexia y yo observábamos impotentes la crueldad a laque era sometida.

No podía soportarlo. Pensé en irrumpir en la habitación y enfrentarme a su padre,pero no tenia el valor necesario; sólo podía verla sufrir y llorar como un niño abandonado que busca desesperadamente a su madre aún sabiendo que no la encontrará.

Me asomé de nuevo a la ventana, parecía que el castigo sin sentido de Alexia había terminado. Su padre se abrochó otra vez la camisa, la soltó, y la tiró al suelo. Acto seguido se fue del salón y dejó allí a la pobre muchacha, llorando y mirando al cuadro de su madre. Le di un par de golpecitos en la ventana para llamar su atención. Se sorprendió al verme allí e intentó hacer como si acabara de llegar, pero mi expresión no podía ocultar lo que vi. Ella se acerco a la ventana y la abrió con suavidad dejando una huella de sangre en el cristal. Sus lágrimas se confundían con la sangre de su rostro.

Me abrazó como si fuera su única salvación. Sus palabras en aquél momento, me marcaron para siempre: “No temas por mí, tuve la mala suerte de tener como padre a un loco, pero mi madre me quería; aunque éste la matara, ella sigue viviendo en mi.” Me acarició dejando una mancha roja en mis labios y me dijo:“Eres la luz que alumbra mi pesar, el sol de mi amanecer y el único motivo de mi despertar. Por eso, quiero pedirte una cosa: llévame lejos de aquí, a un lugar donde pueda verte durante el día y no sólo en la penumbra nocturna, donde podamos amarnos en otro lugar que no sea el banco de un parque y donde seguramente nuestro tiempo sea eterno.” Me llenó de alegría saber que ella me quería y que esperaba que yo fuese su salvador, que la sacara de aquella pesadilla que vivía todos los días. Al igual que yo para ella, ella para mi también era un pequeño oasis nocturno que me aliviaba los pesares de la dura vida que tenia. De repente, oímos pasos por el pasillo y ella se apresuró en decirme que mañana me encontraría en el mismo banco del parque de siempre, ya con sus cosas y que nos iríamos bien lejos, pero que ahora me fuera y preparara las cosas. Así lo hice, corrí a mi humilde casa en el pueblo, rompí mi pequeña hucha de barro donde guardaba los ahorros de mi corta vida y guardé mi poca ropa en una bolsa de cuero, luego me eché a dormir, sin poder olvidarme de lo que le hacia su padre a mi amada Alexia.

Al cantar el gallo, me levanté y escuché el alboroto en el pueblo, salí de mi casa y vi el cuerpo de mi querida amada ahorcada en el centro de la plaza. Se estremeció mi cuerpo, me inundó una mezcla entre tristeza y odio que no podía controlar, ¿Cómo podía ser tan cruel un padre con su hija? La hija del panadero comentaba que, el Sr. D´Angelo, se volvió loco en un ataque de ira al descubrir que su hija ya no era doncella, y al parecer fue la propia Alexia la que se lo dijo aunque se negaba en decir el nombre de su amor bandido.

Murió protegiéndome del loco de su padre. Cogí su cuerpo, quité suavemente la soga que rodeaba su ya frío pero delicado cuello, y juntos en el pueblo, la enterramos en el cementerio local. Ella era una buena chica, todos la admiraban mucho por no ser como su padre y ayudar siempre a los que lo necesitaban, pero yo, pude ver a través del velo que escondía su angustia, y aunque fuera por poco tiempo, la amé con todo mi corazón.

Por eso hoy la espero aquí, han pasado más de 30 años desde entonces, mi cuerpo ya no es el del jovenzuelo que un día amó a esa dama, infelizmente padezco de una enfermedad que me viene matando por dentro poco a poco, la soledad, es un mal que muchos creen inofensivo, pero eso unido a la tristeza, serán la causa de mi muerte. Aunque siento que la vida me va dejando, sigo aquí en este mismo banco donde tantas veces oí su voz, abracé su cuerpo, sequé sus lágrimas y bebí la dulce miel de su boca.

Al fin veo que se presenta ante mi, de tez pálida como los huesos, sus cabellos antes negros, han sido sustituidos por un triste tono gris, aún así conserva aquella belleza extravagante y exótica que desprende dulzura por sus preciosos ojos verdes…

-Mi querida Alexia, ¿Vienes a por mi esta noche? ¿Vienes a que huyamos a ese lugar lejos de aquí como prometimos hace años? He esperado tanto el volver a verte, quería tanto pedirte perdón por no haber sido capaz de protegerte…

Calla, solo me sonríe y me tiende la mano, la cojo, con delicadeza me acerco a su rostro, acaricio su cuerpo una vez mas, frío como el hielo pero divinamente bello, cuando estoy en el súmmum de mi éxtasis,  su dedo frío recorre mi cuerpo y sube hasta mi boca haciéndome tragar las palabras que estaba prestes a decir. El frío me envuelve, no veo una luz como dicen muchos…solo admiro el pálido rostro de Alexia, siento como mi voz se silencia como la suya, pero de repente, sonríe dulcemente, me abraza con toda su fuerza, y dice:

- Si

El abuelo llevaba mucho tiempo en el hospital, no sabia por qué, cuando fue ingresado yo era demasiado pequeño para saber la causa y cuando crecí no me pareció oportuno preguntar. Había algo que sí sabía,todo el mundo tiene alguien a quien contar absolutamente todo, una persona que siempre te guía y te aconseja lo mejor que puede, esa persona, era mi abuelo.

Salí de casa para dirigirme al hospital, el viento frío y la lluvia reinaban en el ambiente del exterior, abrí mi paraguas y comencé a caminar. Tal vez distraído por mis pensamientos o quizá por el hipnótico sonido de la lluvia al caer llegué antes de que me diera cuenta al hospital. El hospital era un edificio un poco anticuado, paredes de ladrillo y con cinco plantas. Entré y me dirigí directamente a la habitación de mi abuelo,por el camino me crucé con algunas enfermeras que atendían normalmente a mi abuelo y las saludé con una sonrisa.

Llegué a la habitación de mi abuelo, una habitación pequeña solo para él, estaba despierto, viendo la tele. Estaba conectado a un montón de aparatos por tubos de diferentes tamaños, no podía evitar sentir una punzada de dolor cada vez que lo veía así. Cuando me vio su expresión cambió completamente. Pasó del puro aburrimiento mezclado con cansancio a la vitalidad y la alegría.

- Hola hijo, ¿Qué tal estas? No venías desde la semana pasada.

- Hola abuelo – me acerqué a darle un abrazo, con mucho cuidado, cuando era más pequeño alguna vez había desconectado un tubo y habíamos tenido algún susto- Sí, se que no he venido, he estado muy ocupado con unos exámenes que hemos tenido, lo siento.

- No te preocupes. Bueno, cuéntame, ¿Ha pasado algo interesante? – Al abuelo le encantaba oírme hablar sobre mis cosas, decía que le recordaba a su juventud. Yo soy el único de la familia que va normalmente a verlo, soy el único que hace algo por que no se sienta solo.

- ¿Interesante? No sabes cuanto. ¿Recuerdas la chica aquella de la que te hablé?

Así empezó una larguísima conversación, en la que le hable de mis amigos, mis estudios, mis problemas amorosos, mis inquietudes… Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación así con nadie. Cuando ya empezaba a anochecer una enfermera me dijo que tenia que irme, el horario de visitas terminaba en cinco minutos. Cuando ya me había despedido del abuelo me llamó.

- Hijo, sé que no tengo ningún derecho a pedirte esto – Su rostro dejaba ver que iba a decir algo muy importante y duro, por un momento pude ver una fugaz expresión de tristeza-.Pero siento que mi vida ha llegado a su fin, hasta ahora aguanté por ti, ese chaval solitario me necesitaba, pero has crecido, has madurado, puedes vivir sin mí. No se si lo sabes, pero cada día para mí es un calvario. Así que por favor, termina con esto, desconecta las máquinas.

Sus ojos me miraban con una mezcla de decisión, cansancio y, sorprendentemente, alegría. La petición de mi abuelo me cogió por sorpresa, en principio solo pude balbucear un tímido “Abuelo”.Pero lo medité, el no me pediría esto si no lo quisiera de verdad, era la persona que mas quería desde que murió la abuela. De pronto yo también estaba decidido.

-Está bien – No pude evitar que me temblara la voz, mientras hablaba los ojos se me llenaban de lagrimas.

Él simplemente sonrió. Desconecté todo, quité todos los tubos conectados a mi abuelo. Mientras su vida se apagaba el me miraba con infinito agradecimiento y aunque sabia que estaba ayudando a mi abuelo no podía evitar sentir una profunda tristeza. “Adiós pequeño” fueron sus ultimas palabras, palabras que siempre guardaré en mi corazón, como todas las tardes que pasamos juntos.

Marc Anglada depositó las bolsas de la compra en el suelo para poder sacar la llave de casa. A pesar de ser sábado, un imprevisto le había obligado a presentarse en la oficina, y había aprovechado la ocasión para pasar por el supermercado y realizar la compra semanal. Nada más abrir, llamó su atención un sobre que yacía en el suelo, junto a la puerta. No solía recibir muchas cartas, y mucho menos durante el fin de semana. Pasó por encima de él sin recogerlo y depositó la compra en la encimera de la cocina. Llamó a Julia, su hija, pero no hubo respuesta. Seguramente la niñera la había llevado a dar un paseo por el parque. La mujer de Marc había fallecido 6 años atrás, cuando Julia tenía sólo 2 años, y desde entonces vivían ellos dos solos. Cuando le surgía algún imprevisto como el de ese día, se veía obligado a contratar los servicios de la vecina de enfrente, que cuidaba de la niña por un módico precio.

Una vez hubo guardado cada producto en su respectivo lugar, volvió al recibidor para echar un vistazo al misterioso sobre. Nada más recogerlo vio que algo no cuadraba: no había ni remitente ni sello, sólo su nombre escrito a máquina en la parte frontal del mismo. Lo desgarró con cierta inquietud y sacó dos hojas de papel escritas con el mismo tipo de letra que la del sobre. Lo que leyó le dejó helado.

Tengo a su hija. Si quiere volver a verla, tendrá que cumplir cierta misión. Debe asesinar a cierta persona que le será conocida. En la otra hoja le incluyo la información personal de su objetivo. Tiene de plazo hasta esta medianoche. Antes que acabe el día, una persona morirá. Usted decide si esa persona será su hija o no.

Leyó la carta dos veces, sin poder creer lo que estaba leyendo. Cuando acabó se dio cuenta que estaba presionando tan fuerte el papel que los folios estaban completamente arrugados. Sacó el móvil del bolsillo y llamó a su niñera. Una monótona voz femenina le informó que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura. Se dejó caer al suelo, abatido. “No puede ser”, se repetía constantemente. Tras unos segundos de abatimiento, dejó caer la primera hoja al suelo y contempló la segunda. Reconoció inmediatamente la persona de la fotografía; trabajaba como secretaria en su oficina. No podía decir que tuvieran una relación muy estrecha, pero hablaban de vez en cuando. No podía matarla, no era un asesino. Debía encontrar a la persona que le había mandado la carta. En ese momento, sólo tenía un posible culpable en mente: David Cortada.

Se habían conocido en la universidad, y habían llegado a ser buenos amigos. Todo iba bien hasta que en una fiesta universitaria Marc acabó acostándose con Helena, la novia de David. Llevaba mucho tiempo enamorada de ella, y empezaron a verse regularmente. Todo se torció una noche que habían quedado para ir a tomar algo ellos tres y la hermana de David, que se sentía atraída por Marc. Él desconocía que Helena, que no aguantaba más la presión, había decidido contarle lo suyo a David esa noche. Cuando Marc llegó al punto de encuentro sólo había llegado la hermana de David. Mientras esperaban al resto, se les acercó un hombre con una navaja que les amenazó con matarlos si no le daban todo el dinero. Marc quiso hacerse el héroe, pero las cosas no salieron bien y la hermana de David acabó con un navajazo en el vientre que le costó la vida. David, furioso por la aventura que Marc había tenido con su novia, le culpó de la muerte de su hermana, y llegó a presentarse en su casa con un cuchillo de cocina, dispuesto a matarlo. Marc consiguió salir con sólo algunos rasguños, pero desde entonces David no había vuelto a hablarle, y había intentado arruinarle la vida más de una vez con llamadas anónimas a su mujer y a su trabajo, acusándole de cosas que no había hecho. Nunca se hubiera imaginado que sería capaz de secuestrar a su hija para que matara a alguien y lo metieran entre rejas. Había llegado el momento de hacerle una visita.

Marc llegó a casa de David cuando pasaban pocos minutos de las 4 de la tarde. Había tardado hora y media en recorrer un trayecto que normalmente le hubiera llevado unas dos horas. Aparcó el coche frente a su casa, ignorando el vado que colgaba de la pared del edificio. Salió del coche furioso y llamó al timbre repetidamente hasta que la puerta se abrió y se encontró cara a cara con David. Antes que éste pudiera reaccionar, Marc le empujó contra la pared y le oprimió el cuello con su antebrazo.

-¿¡Dónde tienes a Julia!?

-¡Suéltame!

David le propinó un puñetazo en el estómago que provocó que Marc aflojara la presión. Aprovechó la ocasión para apartarse de la pared y descargar sobre él una lluvia de puñetazos como contraataque. Marc se limitaba a protegerse de los golpes y de vez en cuando intentaba devolver alguno, sin éxito. Finalmente, uno de los puñetazos de David le dio en la mandíbula, haciéndole caer redondo al suelo. Mientras se recuperaba del golpe, vio ante sí un jarrón que había caído al suelo durante el empujón inicial. Cuando David se agachó para evitar que Marc se levantara, cogió el jarrón con la mano derecha y lo rompió contra la cabeza de David, que cayó semiinconsciente a su lado.

Marc se levantó a duras penas, ayudándose con el mueble del recibidor. Una vez de pie, se adentró en la casa gritando el nombre de su hija. Miró por todos los rincones de todas las habitaciones, pero no encontró ni rastro de ella. Revolvió todos los cajones, tiró al suelo todos los libros, volcó los muebles en busca de cualquier indicio que demostrara que su hija había estado ahí, pero fue en vano. Furioso, volvió a la entrada, donde David seguía tumbado en el suelo. Lo puso bocabajo y colocó la rodilla en su espalda, impidiéndole así levantarse.

-¿¡Dónde está Julia!?

-¡No sé de qué me hablas!

-¡Sé que has sido tú el que me ha mandado la carta!

-¿¡Qué carta!?

-¡No te hagas el tonto!

-¡Yo no he escrito ninguna carta!

-¡Dime dónde coño has metido a Julia, cabrón!

-¡No le he hecho nada tu hija, idiota! ¡Me arruinaste la vida, y te odio a ti por eso, no a tu hija! ¿De verdad me crees capaz de hacer daño a un inocente sólo para putearte? Si lo hiciera, no sería distinto de ti.

Marc empezó a dudar. Quizá se había equivocado. Al fin y al cabo, no había ni rastro de su hija en la casa. Además, si David hubiera querido secuestrar a su hija lo habría podido hacer en cualquier momento. No se le ocurría ningún motivo por el que lo hubiera hecho justo ahora. Aún así, todavía no podía descartarlo como culpable. No se le ocurría nadie más con motivos para secuestrar a su hija. Además, David podía tener alguna otra propiedad donde esconder a su hija. Tenía que investigar más, pero se le acababa el tiempo. Necesitaba un ordenador con conexión a Internet.

Se levantó y se dirigió a su coche, dejando a David tumbado. Se sentó en el asiento del conductor y arrancó. David salió corriendo detrás de él gritando algo que no consiguió entender, pero no logró alcanzarlo. Marc deambuló por las calles de la ciudad hasta encontrar un ciber-café donde poder navegar por la red. Cuando finalmente encontró uno, aparcó el coche lo más cerca que pudo, entró en el local y pagó por adelantado una hora en un ordenador, aunque sospechaba que le iba a sobrar tiempo. Solicitó vía online obtener la lista de todas las propiedades a nombre de David Cortada, pero su solicitud iba a tardar por lo menos 24 horas en tramitarse. No podía permitirse ese lujo. Estuvo más de media hora buscando otros medios de obtener lo que buscaba, hasta que finalmente se dio por vencido. Salió furioso del establecimiento y volvió a su coche. Permaneció un buen rato sentado en el asiento del conductor, pensando qué hacer a continuación. Por muchas vueltas que le daba, siempre acababa con la misma opción. Su reloj marcaba las seis y media. Finalmente, se armó de valor y marcó el número de teléfono escrito en la segunda hoja de la carta que había recibido esa mañana y que había puesto su mundo patas arriba.

Marc miró su reloj. Las 10 en punto. Unas horas antes había llamado a Ana, la persona a la que se suponía que debía matar, y había conseguido que aceptara una cita con él a esa hora. Antes de ir al parque donde debían encontrarse, Marc había pasado por casa a recoger un cuchillo de cocina. El arma del crimen. Era la única opción que le quedaba. No podía dejar morir a su hija. Esperaba impaciente, lleno de angustia e incertidumbre, dando vueltas de un lado a otro. Finalmente, cuando pasaban 5 minutos de la hora fijada, vio como una mujer se acercaba hacia él. Había llegado el momento.

Ana se acercó hasta él y lo saludó, risueña. Inmediatamente notó que algo no iba bien, había demasiada tensión en el ambiente. Marc sacó con un rápido movimiento el cuchillo que llevaba guardado en el bolsillo del pantalón, intentando acabar con todo antes de que se lo pensara dos veces. Ana se quedó mirando el cuchillo, sin inmutarse. Por asombro de Marc, no parecía sorprendida.

A Marc le temblaba el pulso. Tenía que hacerlo. Tenía que salvar a su hija. Aunque eso significara matar a una persona inocente. Una persona inocente… Se repetía y otra vez que era lo que debía hacer, pero su mano no respondía a la orden que le daba. No era un asesino. No podía hacerlo.

La mano de Marc dejó caer el cuchillo en contra de su voluntad. Y entonces sucedió lo más extraño de todo: Ana empezó a llorar. Marc se quedó mirándola, extrañado. Ella se agachó y recogió el cuchillo de Marc. Susurró un débil “Te quiero” que Marc apenas alcanzó a oír mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, y acto seguido hundió la hoja del arma blanca en el estómago de éste, que cayó al suelo. El cerebro de Marc aún no había sido capaz de procesar lo que había pasado. No entendía nada. Sentía como las fuerzas le iban abandonando mientras el frío se iba extendiendo lentamente por todo su cuerpo. Tenía los ojos clavados en Ana, que seguía de pie delante de él, todavía llorando. Ella sacó su teléfono móvil del bolso, se lo puso en la oreja tras pulsar varias teclas y se alejó de Marc mientras esperaba que alguien contestara. Marc se había fijado que le había caído algo al sacar el teléfono. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró arrastrarse hasta poder cogerlo. Era una pinza para el pelo, exactamente igual a la que él le había comprado a su hija en el viaje a Eurodisney que habían hecho el año pasado y que a ella tanto le gustaba.

Marc permaneció ahí tumbado un tiempo que a él le parecieron horas. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. No podía moverse, y poco a poco había ido perdiendo la sensibilidad de todo su cuerpo a medida que la sangre le había ido abandonando. Ana permanecía de pie a espaldas de él, esperando. En ese momento Marc vio como se acercaban dos personas: un adulto y un niño. Marc reconoció inmediatamente el rostro de David Cortada. Ana salió corriendo a su encuentro y se abrazó al niño como si le fuera la vida en ello. A Marc le parecía todo un sueño. Demasiado irreal. Ana cogió el niño en brazos y se alejó corriendo de la escena del crimen. David se quedó mirando a Marc con una sonrisa triunfal en la cara. Tras disfrutar unos segundos de su victoria, dio media vuelta y se alejó del cuerpo moribundo del que había sido su amigo. Marc no se había equivocado. Pero ahora ya era demasiado tarde. Cuando David desapareció de su vista, se rindió finalmente ante la muerte, rezando para que por lo menos su hija estuviera bien.

Huyeron de la ciudad durante mucho tiempo, mucho después de que el último jinete cayera bajo la espada de Cruach. Seguramente sería el último en un corto espacio de tiempo, una especie de merecido descanso para las personas que avanzaban bajo el caluroso sol del atardecer.

Sí, eran dos las personas que huyeron tras la caída de Dummonia. Y no podían ser más dispares. El primero de ellos era Halcón, un hombre de mediana edad de rostro taimado y cruel. Había sido uno de los nobles que habían huido después de la batalla y de la caída del rey. Su vida hasta entonces era triste y vacía, sin esposa e hijos que le llorasen. La única persona a la que le importaba se trataba de Rhynn, el capitán de las puertas de Dummonia que se empeñaba en pagar la deserción con la muerte. Rhynn era muy imaginativo, y por si fuera poco, siempre le había tenido un desprecio personal. Un desprecio nacido de la nada, como cualquier absurda rivalidad, o cualquier miedo a que otro hombre, ataque su fuente de poder.

Detrás de Halcón iba Cruach, que avanzaba con paso firme y decidido a través de la llanura. Era alto y muy robusto, con pasos ágiles que recordaban a los de una pantera o un leopardo. Su compañero no podía ver su rostro, oculto por el tenebroso yelmo máscara con forma de cabeza de león que ocultaba su semblante. Una larga y descuidada melena surgía de la parte trasera del yelmo, hasta la mitad de la espalda. Aquel hombre-pensó Halcón-. Tenía la pinta de un bárbaro salvaje.

Sin embargo era una persona bastante calmada y durante la batalla había luchado con una frialdad estremecedora. Pero Halcón sabía que Cruach era conocido como una leyenda sangrienta que venía con los días grises y oscuros. Prácticamente un mito nacido de rumores y hecho realidad por los hombres.

Todo el mundo le había visto en la batalla, un torbellino de escarcha que se había abierto paso hasta las dependencias del rey, una inmensa torre con dos serpientes de piedra enroscadas en torno a ella. Cruach había entrado como una exhalación y como muchos presenciaron, atónitos, mató, o más bien degolló, a los hijos del rey delante de toda la corte del reino. Halcón y el resto de nobles habían asistido impotentes, a aquella macabra acción. Ahora, los dos dulces chiquillos, demasiado jóvenes para haber experimentado el mal que nutría el mundo, vagaban tristes y melancólicos en aquel lejano reino gris, lleno de nubes y azotado por vientos helados, para toda la eternidad bajo la atenta y malévola mirada de Mors.

Y Cruach, el primer gran mal que había azotado Dummonia, la anunciación de una calamidad, no había experimentado nada. Ni tristeza ni placer cabían dentro de él, simplemente era algo que tenía que hacer para poder avanzar en su propio y tortuoso camino. Una extraña e inexplicable sensación de búsqueda. Como le había explicado a Halcón en el primer día de su huída:

-En el camino de extirpar los sentimientos propios, sólo yo he tenido éxito donde muchos fracasaron. He matado hombres, mujeres y niños, y hasta ahora no me he arrepentido. Y sé que nunca lo haré.

Halcón no entendía muy bien por qué le había explicado ello, y sólo llegó a una conclusión posible.

-¿Por qué me cuentas esto?-le respondió, tranquilo-. ¿Acaso quieres asustarme?

El yelmo de león resonó, metálico, cuando Cruach movió la cabeza negativamente.

-Tal vez quiero que me comprendas mejor.

-¿Y para qué quiero comprenderte?

-Porque si me comprendes no harás más preguntas. Si no haces más preguntas no retrasarás nuestro viaje.

-¿Y por qué quieres que viaje contigo?

-Porque tu momento de morir aún no ha llegado-sus ojos brillaron a través de la apertura del yelmo, color gris pizarra-. Cada persona debe morir en un momento concreto, y el tuyo no es ahora. Vendrás conmigo.

A cada pregunta que Halcón le hacía a Cruach, este respondía con una calmada y fría solicitud. Resultó que se acabaron antes las preguntas que las respuestas.

Avanzaron durante muchos días, de un reino a otro, siendo perseguidos por los incansables jinetes de Dummonia. Esos jinetes, hermanos, hijos y padres de los caídos, buscaban decorar las murallas de su ciudad con las cabezas, sujetas por largas picas, de los asesinos y participes de las muertes de sus amados familiares. A quienes no volverían a ver hasta su reunión en el tenebroso reino de Mors.

-Vienen más-dijo Halcón en un determinado momento. No era un hombre de armas. Se limitaba a mirar como Cruach se dedicaba a masacrar las patrullas que venían, una detrás de otra. Viendo como todas acababan muertas y como Cruach salía triunfante de todas las reyertas. Su salvador y carcelero era invencible.

Cruach asintió pero no dijo nada. Los primeros días, aquel gigante revestido de acero, había gastado su escasa saliva en contarle cómo iban a ser las cosas mientras viajaran juntos. Halcón había sido un chico aplicado y había obedecido, creando el obstinado silencio de su compañero.

Ni dos latidos de corazón desde que se puso el sol, que cayeron sobre ellos como una avalancha de acero, carne y huesos. Esa vez habían ido muchos más, y como comprobó por la armadura, de mayor escalafón. No importó, como tantas otras veces. Con el redondo escudo entorno al brazo derecho y la espada sujeta en la mano derecha, Cruach se transformó en el mismísimo dios de la guerra. Su escudo acabó reventado, y su espada llena de mellas, pero sus enemigos acabaron como el resto: muertos era una palabra demasiado suave para decir lo que hizo con ellos. Los caballeros le rodearon como un muro de escudos y caballos, intentando atacar todos a la vez. Pero hubo uno, un muchacho joven e inexperto que no había domado del todo bien a su caballo. El esplendido semental marrón, un autentico corcel de guerra, clavó sus patas y se lanzó hacia delante como impulsado por el viento. La lanza del jinete no se mantenía recta, y casi parecía que caía muerta, apenas apuntando al arenoso terreno. Cruach giró sobre si mismo, y lanzó un tajo que cortó la lanza de su enemigo. El resto de los jinetes se abalanzaron sobre él, y por un momento lo cercaron como un muro. Pero poco a poco se abrió paso a espadazos, matándolos uno por uno, hombres y caballos hasta bien entrada la noche. Cuando el último caballo murió, Cruach habló de nuevo.

-Vamos.

Llevaban huyendo tanto tiempo que ya carecía de sentido.

Otra vez al camino, atravesando ciudades, haciendo que el tiempo avanzara a su ritmo natural para todo el mundo menos para Halcón que se convirtió en un ser atemporal y cínico. Y así las horas murieron hasta que el tiempo murió y sólo existió el eterno camino, siempre huyendo. En Dummonia nunca dejaron la búsqueda del todo, pero cada vez llegaban menos jinetes y menos dispuestos a morir.

Y tras todo aquel tiempo que Halcón dejó de contabilizar y de notar, siguió caminando con Cruach. Se convirtió de la noche a la mañana en el único eslabón que le unía a su fútil y anterior vida en la torre de las serpientes de piedra. También se descubrió contándole sus secretos, sus miedos, sus inquietudes. Cruach callaba y escuchaba, de vez en cuando decía algo. Un comentario, una anotación. Halcón sabía que no lo decía con el corazón, y se lo agradecía. Durante toda su vida las gentes de Dummonia se habían regido por el corazón, eran habladores y compasivos. Él detestaba eso. Veía una falsedad que no veía nadie más.

Veía hipocresía. Veía autosatisfacción.

Cruach, que no tenía nada dentro de él, salvo la búsqueda de algo desconocido para él mismo, era más autentico y real que todos ellos juntos. Pese a ser tan humano como una piedra.

Un día llegaron al reino de Anglia, cuando Dummonia no era más que un recuerdo de la larga historia del mundo. Allí, a las puertas de la ciudad, Cruach clavó su espada en el estomago de su compañero. Halcón boqueó y vomitó sangre, pero no había sorpresa en sus ojos, sólo preguntaban: ¿por qué ahora?

-Creo que ya te lo dije una vez. Todo el mundo debe morir cuando le corresponde.

-N-no tiene sentido-bufó con fuerza-. D-después de tanto tiempo.

-Los sueños me mostraron cuando era el momento correcto.

-R-rhynn…

-Te equivocas. No fue él, no fue nada que tú conozcas. Es algo que sé, pero de lo cual no puedo darte una respuesta. Sólo que gracias a ti, puedo avanzar un trecho más de mi camino.

Halcón intentó decir algo, no pudo. Por suerte para él, Cruach le entendió. Se quitó el yelmo. Halcón nunca sabría si era el primero, pero sí que fue uno de pocos. El rostro de Cruach no tenía edad y tras verlo, lo único que podía describir de él era que no tenía expresión. No reflejaba nada. Murió cinco minutos más tarde, con respuestas que no hallaría nunca, pero que no le impedirían descansar en paz.

-Ahora que te has conocido a ti mismo, ve en paz y con tus deudas saldadas.

Y Cruach miró el cadáver por última vez y se colocó de nuevo el yelmo. Por último puso rumbo al norte.

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